Un lunes que desafió al calendario y convirtió al anfiteatro en territorio festivo

El lunes se presentó con esa densidad tan característica de enero, cuando el calendario avanza sin concesiones y el cuerpo acusa el ritmo de los días consecutivos. El calor persistía aun entrada la noche, el cansancio se percibía en los pasos más lentos y en las miradas que buscaban sombra, y la programación, al menos en apariencia, no prometía los desbordes habituales de un fin de semana. Todo indicaba que el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María atravesaría una jornada más moderada, de esas que suelen pasar sin estruendos. Sin embargo, una vez más, el festival volvió a demostrar que su lógica no responde a previsiones sino a una mística propia.
El cuarto día de la sexagésima edición terminó desarmando cualquier cálculo previo. Lejos de ser una noche de transición, se transformó en una experiencia sostenida, intensa y profundamente representativa del espíritu que mantiene vivo a este encuentro desde hace seis décadas. No fue una velada definida por la multitud desbordante, sino por la constancia, por ese pulso que no se apaga y que encuentra su fuerza en la identidad compartida.
Desde temprano, el Anfiteatro José Hernández comenzó a poblarse de climas diversos que, lejos de superponerse, se integraron con naturalidad. El carnaval jujeño aportó color, ritmo y una alegría ancestral que se manifestó en cada paso y en cada canto. Esa energía inicial funcionó como un llamado, una invitación abierta a dejar de lado el cansancio y entregarse a la celebración. El público respondió con curiosidad primero y con entusiasmo después, dejando que la noche los llevara.
La doma, fiel a su lugar central, volvió a imponer respeto y silencio atento. Cada salida al campo fue acompañada con la solemnidad que distingue a Jesús María, recordando que este festival no es solo música, sino también destreza, coraje y tradición. En ese equilibrio entre lo festivo y lo ritual, la noche fue encontrando su ritmo propio.
Con el correr de las horas, el folklore contemporáneo tomó la posta y tendió puentes entre generaciones. Canciones conocidas y nuevas propuestas convivieron sin tensiones, demostrando que la tradición no es una pieza de museo, sino una expresión viva que se renueva sin perder raíz. El público, lejos de dispersarse, fue sumándose de manera progresiva, como si la noche se construyera paso a paso, sin apuros.
Ya entrada la madrugada, cuando los relojes habían dejado de ser una referencia, la cumbia más popular del país terminó de sellar una jornada que se negó a ser menor. El anfiteatro, lejos de vaciarse, encontró un nuevo envión. Los cuerpos, cansados pero dispuestos, volvieron a moverse, confirmando que la resistencia colectiva es parte esencial de este festival.
No fue la noche de los récords, pero sí la del relato continuo. Una velada que creció sin estridencias, que sostuvo su intensidad y que dejó en claro que en Jesús María cada jornada tiene la posibilidad de volverse inolvidable. Allí radica su grandeza: en la capacidad de convertir lo aparentemente ordinario en una experiencia cargada de sentido, identidad y emoción compartida.
Tribunas expectantes y un anfiteatro que se fue poblando con el correr de las horas
Desde las primeras horas de la tarde, el ingreso al predio del Festival de Jesús María tuvo un ritmo distinto. No hubo corridas ni avalanchas de gente apurando el paso. El público fue llegando de manera gradual, casi con la calma de quien entiende que la noche será extensa y que conviene administrarse. La jornada se había anunciado como una de las más sofocantes de la semana y eso se notaba en cada gesto: la búsqueda insistente de sombra, las filas constantes en los puestos de agua y el andar pausado de quienes elegían con cuidado dónde ubicarse.
Las tribunas comenzaron a poblarse sin apremios. No se percibía la presión típica de las noches centrales, cuando cada asiento se disputa y los pasillos colapsan. Esta vez, el movimiento fue ordenado, casi contemplativo. Familias, grupos de amigos y asistentes habituales del festival se acomodaban con tiempo, evaluando la mejor vista al escenario y al campo de jineteada, como si el propio espacio invitara a una experiencia más relajada.
La diferencia con los días de mayor convocatoria era visible. La concurrencia, más moderada en comparación con viernes y sábado, dibujó un escenario distinto. Sin embargo, lejos de restarle intensidad a la noche, esa menor densidad le otorgó un carácter singular. La cercanía con el espectáculo se volvió tangible. Las voces del escenario llegaban con mayor nitidez, los movimientos en el campo se seguían con atención plena y cada detalle encontraba un público dispuesto a observar sin distracciones.
El Anfiteatro José Hernández pareció adaptarse naturalmente a ese pulso. El murmullo constante dio paso a conversaciones más espaciadas, a silencios atentos y a aplausos que surgían con convicción. La ausencia de apuros generó un clima propicio para el disfrute prolongado, sin la necesidad de correr de un punto a otro ni de sostener una tensión permanente.
En el campo, la jineteada se desarrolló con un marco ideal. El público acompañó cada monta con respeto, entendiendo que ese ritual requiere atención y tiempo. Las miradas estaban puestas allí, sin interferencias, como si la noche invitara a reconectar con el sentido original del festival. No se trataba de consumir espectáculos de manera acelerada, sino de habitarlos.
La sensación general fue la de una velada que se sabía larga y que no necesitaba imponerse desde la urgencia. El calor seguía presente, pero ya no dominaba la escena. Con el correr de las horas, la noche fue ganando frescura y el ánimo colectivo se volvió más distendido. Jesús María ofrecía, una vez más, otra de sus facetas: la de un festival que también sabe ser cercano, amable y profundamente disfrutable cuando baja el volumen y deja que la experiencia fluya a su propio ritmo.
El grito ritual y el inicio de una noche con acento norteño
Como cada jornada, el acto de apertura marcó el inicio formal de la programación. El clásico saludo de Néstor Ramello —ese “¡Buenas noches, Patria!” que ya es el sello caracteristico del festival— volvió a funcionar como llave simbólica. A partir de allí, el escenario Martín Fierro quedó habilitado para que la música tomara el control.

Los primeros en tomar el escenario asumieron una tarea clave: marcar el pulso inicial de una noche que todavía estaba por construirse. Los Diableros Jujeños fueron los responsables de encender esa chispa inaugural, y lo hicieron apelando a una identidad sonora profundamente enraizada en el carnaval del norte argentino. Desde el primer acorde, su propuesta dejó en claro que el espíritu festivo no iba a demorarse en aparecer.
La presencia de sikus, vientos andinos y una percusión vibrante dominó el aire del anfiteatro, transportando al público a los paisajes altos y coloridos del norte. No se trató solo de música, sino de una atmósfera completa, donde cada sonido evocaba celebración, rito y pertenencia. El escenario se llenó de movimiento, y esa energía inicial comenzó a expandirse hacia las tribunas, aún en proceso de acomodarse para una noche extensa.
Lejos de encerrarse en un repertorio puramente tradicional, el grupo eligió un camino más amplio. Las canciones dialogaron con el presente a través de arreglos actualizados, guiños reconocibles y una dinámica escénica que favoreció la conexión inmediata con el público. Esa decisión artística fue clave: permitió que la propuesta resultara accesible sin perder identidad, abriendo la puerta a oyentes de distintas generaciones.
Las versiones adaptadas funcionaron como puentes. Temas conocidos adquirieron una nueva textura al ser atravesados por la estética jujeña, logrando una respuesta espontánea desde las tribunas. Palmas, movimientos y sonrisas comenzaron a multiplicarse, confirmando que el clima festivo ya estaba instalado. La energía del grupo, sostenida y generosa, hizo el resto: no hubo tiempos muertos ni transiciones forzadas.
Lo que se insinuó desde esta apertura fue una idea que atravesaría toda la velada. La tradición, lejos de ser una pieza fija, apareció como un territorio en constante transformación. Los Diableros Jujeños no se presentaron como guardianes de un pasado inmóvil, sino como intérpretes de una herencia que se celebra en tiempo presente. Cada intervención reforzó esa noción de folklore vivo, capaz de adaptarse sin perder su raíz.
Con el correr de su presentación, el anfiteatro terminó de acomodarse a ese pulso. La noche, que había comenzado con un ritmo contenido, empezó a mostrar signos claros de expansión. El público, ya involucrado, entendió que el festival no solo se observa: se comparte. Y en ese gesto inaugural, Los Diableros Jujeños cumplieron con creces su misión, dejando encendida la mecha de una celebración que recién comenzaba.
El campo y las tribunas: cuando la jineteada lucha por recuperar protagonismo
Mientras las luces del escenario Martín Fierro comenzaban a adueñarse de la atención general, el campo de doma seguía marcando el pulso más profundo del festival. Allí, lejos del brillo y la amplificación, la jineteada volvió a ocupar su lugar histórico, atravesando una noche de alta exigencia tanto para quienes montaron como para quienes observaron. No fue una jornada sencilla: la nobleza y la resistencia de los caballos elevaron el nivel de dificultad, obligando a los jinetes a extremar técnica, temple y coraje en cada salida.
El público, por su parte, se encontró ante un desafío distinto. La convivencia entre los números musicales y la competencia criolla exigió una atención repartida, un ir y venir constante de miradas entre el escenario y el campo. Aun así, la esencia del ritual se sostuvo. Cada monta fue acompañada por silencios respetuosos y aplausos sinceros, signos inequívocos de que la tradición sigue siendo comprendida y valorada, incluso en noches de múltiples estímulos.
Fue evidente que el protagonismo visual y sonoro del escenario se impuso con fuerza durante buena parte de la velada. Las luces, las pantallas y la dinámica musical capturaron gran parte del foco. Sin embargo, la jineteada no quedó relegada a un segundo plano. En medio de un público más disperso, el respeto por el esfuerzo criollo permaneció intacto.
En esa tensión entre espectáculo y rito, la noche volvió a mostrar uno de los rasgos más distintivos de Jesús María: la capacidad de sostener su identidad aun cuando el contexto cambia. El aplauso final, compartido y sincero, fue la confirmación de ese equilibrio.
Kepianco y la explosión visual: cuando el carnaval se volvió espectáculo total

Luego de una nueva tanda de jineteada, cuando el campo volvía a aquietarse y el público retomaba lentamente su atención hacia el escenario, el anfiteatro se preparó para un giro inesperado. Kepianco irrumpió con una propuesta que desbordó los márgenes habituales del recital folklórico. El colectivo jujeño, radicado en Córdoba, no llegó a Jesús María para ofrecer una sucesión de canciones, sino para desplegar una experiencia pensada en diálogo directo con el espíritu del festival.
Desde el inicio quedó claro que la música sería solo uno de los lenguajes en juego. El escenario se transformó en una plataforma escénica integral, donde imagen, cuerpo y sonido convivieron con la misma jerarquía. Cerca de treinta bailarines coparon el espacio con coreografías precisas y una energía inagotable. Los vestuarios, cargados de color y símbolos, aportaron un impacto visual inmediato, mientras la espuma y el polvo teñido comenzaron a flotar en el aire, envolviendo al público en una atmósfera festiva y desbordante.
El punto de quiebre llegó con la aparición del diablo. De dimensiones imponentes, su irrupción en el campo provocó sorpresa, risas y una inmediata reacción colectiva. No se trató de una intervención aislada ni de un efecto puntual: fue el comienzo de una narrativa que se expandió por todo el predio. El anfiteatro dejó de ser un espacio delimitado para convertirse en una extensión viva del carnaval norteño, donde los límites entre escenario y público se diluyeron por completo.
Los sectores más cercanos, incluido el público vip, fueron los primeros en involucrarse. Pero esa energía no tardó en propagarse hacia las tribunas, que comenzaron a responder con movimientos, aplausos y una participación cada vez más activa. Kepianco logró algo poco frecuente: transformar a los espectadores en parte del dispositivo escénico, sin forzar ni imponer, simplemente invitando al juego.
Los diablos no se limitaron a una aparición simbólica. Entraron y salieron en varias oportunidades, recorrieron los pasillos, bailaron entre la gente, provocaron sonrisas y gestos cómplices. Su presencia fue constante y dinámica, reforzando la idea de una celebración en permanente movimiento. La fiesta no se concentró en un punto fijo, sino que se desplazó, se multiplicó y se repartió por cada rincón del anfiteatro.
En el plano musical, la propuesta sostuvo esa misma lógica expansiva. Chacareras, zambas y ritmos festivos se sucedieron con arreglos que priorizaron la intensidad y el pulso colectivo. Las canciones funcionaron como motores de una experiencia sensorial más amplia, donde el oído, la vista y el cuerpo fueron convocados al mismo tiempo.
La participación de artistas invitados sumó capas de profundidad y diversidad. La presencia del “Chaco” Andrada aportó fuerza interpretativa y conexión popular; “Pachi” Herrera sumó matices desde su impronta personal, y Agostina Vilar agregó sensibilidad y frescura a un espectáculo ya cargado de estímulos. Cada intervención se integró con naturalidad, sin romper la coherencia del conjunto.
Kepianco dejó en claro que su propuesta no busca encasillarse. Lo que ocurrió en el escenario fue una celebración viva, pensada para ser atravesada más que observada. En una noche que ya venía cargada de climas diversos, su intervención marcó un punto alto, recordando que el folklore también puede ser desborde, juego y experiencia compartida sin perder profundidad ni raíz.
Un cierre inesperado: el cuarteto filtrado por el espíritu del norte
La sorpresa llegó sobre el final. En una noche sin bandas de cuarteto en la grilla oficial, Kepianco decidió cerrar su presentación con un enganchado que nadie esperaba. Clásicos del cancionero cuartetero fueron reinterpretados desde la estética carnavalera, generando uno de los momentos más celebrados de la jornada.
Las canciones, conocidas por todos, adquirieron un color nuevo. El público respondió con entusiasmo, demostrando que los cruces de géneros, cuando están bien ejecutados, amplifican el sentido de fiesta en lugar de diluir identidades.
Ceibo: sobriedad, raíz y una despedida en silencio absoluto

Después de una nueva pasada de jineteada, cuando el campo volvió a reclamar su espacio simbólico y el público retomaba el eje de la noche, el escenario recibió a Ceibo. El grupo nacido en Cosquín contó con un tiempo más breve que otros artistas de la grilla, pero supo convertir esa aparente limitación en una virtud. No hubo dispersión ni exceso: cada minuto fue utilizado con una claridad artística que encontró rápidamente su lugar en el ánimo del anfiteatro.
La propuesta del cuarteto se plantó desde la raíz. Zambas y chacareras fueron el centro de un repertorio que eligió ir a lo esencial, ofreciendo un contraste necesario y casi reparador luego del despliegue visual y festivo que había dominado el tramo anterior de la noche. Sin artificios ni apoyos escénicos desmedidos, Ceibo apostó por la música en su estado más puro.
La fortaleza del grupo se sostuvo en la interpretación precisa, en el equilibrio vocal y en una lectura profunda del folklore. Cada canción fue dicha con respeto, con un tempo cuidado y una intención clara. El público respondió de la misma manera: atención plena, silencios prolongados y aplausos que no interrumpieron, sino que acompañaron. En un festival donde conviven múltiples estímulos, ese clima no es menor.
El punto más alto llegó con el cierre. La Zamba del cantor enamorado, interpretada a capella, logró algo poco frecuente en escenarios multitudinarios. El anfiteatro entero pareció detenerse. No hubo murmullos ni movimientos innecesarios. Solo voces desnudas, flotando en el aire caliente de la noche, y una audiencia que entendió intuitivamente que ese instante merecía silencio.
El aplauso posterior fue largo, sincero y profundo. No explosivo, sino sostenido, como una forma de agradecimiento colectivo. Fue uno de esos momentos breves pero intensos que quedan grabados sin necesidad de estridencia. Un paréntesis emocional donde el tiempo pareció suspenderse y el festival recordó, una vez más, que la emoción más fuerte a veces llega cuando todo se aquieta.
El reconocimiento que emocionó al anfiteatro
Una vez finalizado el espectáculo de tropillas entabladas, llegó uno de los instantes más emotivos de la noche. Érika Pereyra y Alejandro Bustos hicieron entrega del premio Latido de la Noche a Daniel Fazi, histórico relator de las jineteadas del festival.
El reconocimiento tuvo un peso especial. Días atrás, Fazi había atravesado un delicado problema de salud, y su presencia en el festival fue resultado de un enorme esfuerzo personal. El aplauso del público no fue protocolar: fue un gesto genuino de gratitud hacia quien, noche tras noche, pone su voz al servicio de la tradición.
Cuando Jesús María se volvió Jujuy: la llegada de Los Tekis

Pasada la medianoche, el anfiteatro comenzó a transformarse de manera visible. Lo que hasta entonces había sido una circulación contenida y pausada dio paso a un movimiento constante y decidido. Con la habilitación del campo, miles de personas avanzaron hacia las vallas, ocupando cada espacio disponible y modificando por completo la fisonomía del predio. A esa altura, el Festival de Jesús María ya superaba los 17.500 espectadores dentro, y la sensación colectiva era clara: la noche estaba entrando en su tramo decisivo.
El motivo de ese crecimiento no dejó lugar a dudas. La expectativa tenía nombre propio y una historia larga con este escenario: Los Tekis. La respuesta del público fue inmediata, casi instintiva. Familias enteras, grupos de jóvenes y asistentes que habían llegado más tarde se sumaron a un clima que empezaba a cargarse de euforia contenida. El anfiteatro, ahora colmado, parecía prepararse para un reencuentro esperado.
Para el grupo jujeño, Jesús María no es una plaza más. Hay una relación construida a lo largo de los años, una familiaridad que se percibe desde el primer saludo. Esa noche, Los Tekis volvieron a confirmar que este festival funciona como una segunda casa, un espacio donde su propuesta encuentra un público que los entiende y los acompaña sin reservas. La presentación de su show 2026 fue una síntesis madura de ese recorrido: experiencia acumulada, vocación innovadora y una identidad firme que supo transformarse sin perder raíz.
El impacto visual fue inmediato. La escenografía, dominada por colores intensos y pantallas de gran formato, envolvió al anfiteatro en una atmósfera dinámica y festiva. La incorporación de recursos tecnológicos marcó un nuevo paso en su puesta en escena. El uso de inteligencia artificial, lejos de ser un truco aislado, apareció integrado de manera narrativa al espectáculo, dialogando con la música y reforzando el relato visual.
Nada se sintió gratuito. Cada elemento técnico estuvo al servicio de una idea clara: potenciar la experiencia sin desplazar el centro emocional del show. La tecnología acompañó, amplificó y ordenó, pero nunca sustituyó el vínculo directo entre el grupo y el público. Esa coherencia fue clave para que el despliegue resultara efectivo y no invasivo.
Con el anfiteatro vibrando y el campo convertido en un mar de gente, Los Tekis consolidaron uno de los momentos más convocantes de la noche. No solo hicieron crecer la concurrencia, sino que redefinieron el clima general, llevando al festival a un punto alto de intensidad colectiva. Fue, una vez más, la confirmación de un lazo que se renueva año tras año y que sigue marcando capítulos fundamentales en la historia viva de Jesús María.
Tradición y futuro: el folklore como experiencia inmersiva
Desde el instante en que sonaron los primeros acordes, quedó claro que el recorrido musical de Los Tekis estaba pensado como un viaje emocional. No fue una sucesión arbitraria de canciones, sino una narrativa cuidadosamente construida, donde el pasado y el presente dialogaron sin fricciones. Los temas que el público reconoce desde hace años, esos que forman parte de la memoria colectiva, aparecieron con la naturalidad de un reencuentro esperado. A su lado, las composiciones más recientes encontraron un espacio propio, demostrando que la identidad del grupo no se sostiene en la repetición, sino en una evolución constante.
El anfiteatro respondió desde el comienzo. Cada clásico fue recibido con cantos masivos, brazos en alto y una energía que se expandía como una ola. No se trató de una nostalgia pasiva, sino de una celebración activa, compartida. Las canciones nuevas, lejos de generar distancia, fueron incorporadas con curiosidad y apertura. Ese equilibrio, difícil de lograr en escenarios multitudinarios, fue uno de los grandes aciertos del show: permitir que distintas generaciones se reconocieran en una misma propuesta.
A medida que avanzaba la presentación, el clima fue ganando profundidad. Las luces acompañaban cada transición con precisión, sin imponerse, marcando atmósferas que iban del recogimiento a la explosión festiva. El público, ya completamente entregado, se movía al ritmo de cada cambio, siguiendo el pulso que marcaba el escenario. No había sectores quietos ni miradas distraídas: el anfiteatro entero parecía sincronizado.
Uno de los momentos más celebrados llegó con la aparición de invitados especiales. La convocatoria a Facundo Toro y a Los Herrera sumó una capa emotiva que atravesó el corazón del espectáculo. La zamba compartida funcionó como un verdadero puente generacional, uniendo voces, trayectorias y sensibilidades. El silencio respetuoso que precedió a los primeros acordes fue tan elocuente como el aplauso posterior. Allí, la música volvió a mostrar su capacidad de reunir, de tender lazos invisibles entre artistas y público.
La interpretación estuvo cargada de calidez. No hubo excesos ni gestos grandilocuentes, sino una entrega honesta que encontró eco inmediato en las tribunas. Las voces se mezclaron con una naturalidad conmovedora, y por un instante el tiempo pareció ralentarse. Fue uno de esos momentos donde el festival baja el volumen sin perder intensidad, permitiendo que la emoción se instale sin apuros.

.Pero si hubo un punto de máxima intensidad simbólica y visual, llegó con la irrupción del Diablo del Carnaval. La figura mítica, profundamente arraigada en la cosmovisión jujeña, cobró vida sobre el escenario en una secuencia cuidadosamente orquestada. El fuego irrumpió primero, seguido por un despliegue de luces que tiñeron el anfiteatro de colores vibrantes. El papel picado comenzó a caer como una lluvia festiva, mientras la música marcaba el pulso de un ritual ancestral.
La aparición del Diablo no fue un recurso aislado ni un efecto de impacto vacío. Fue la materialización de un espíritu, la representación de una tradición que atraviesa generaciones y territorios. El público respondió con asombro, con gritos, con una alegría casi primitiva. En ese instante, el festival dejó de ser solo un espectáculo para convertirse en ceremonia. La frontera entre escenario y tribuna volvió a desdibujarse, y la celebración se volvió colectiva, envolvente.
La secuencia mantuvo una intensidad sostenida. Cada elemento visual dialogó con la música, reforzando un relato que hablaba de identidad, de pertenencia y de celebración. Los Tekis demostraron, una vez más, su capacidad para integrar tradición y modernidad sin diluir el sentido original. El carnaval jujeño no apareció como una postal, sino como una fuerza viva, en movimiento.
El tramo final del show fue una explosión de energía compartida. Morenadas, carnavalitos y canciones emblemáticas se sucedieron sin pausas, empujando al anfiteatro hacia un estado de celebración total. El campo se convirtió en una pista colectiva donde nadie quedó al margen. Jóvenes, adultos, familias enteras bailaron al mismo ritmo, sin distinciones ni jerarquías.
Las tribunas vibraban, el suelo parecía acompañar cada salto, cada giro. El cansancio acumulado de la noche y de las jornadas previas desapareció por completo, reemplazado por una euforia genuina. No hubo espectadores pasivos: todos formaron parte del cierre, como si el festival entero se concentrara en ese último tramo.
Cuando las últimas canciones comenzaron a apagarse, quedó flotando una sensación de plenitud. No fue un final abrupto, sino una despedida extendida, sostenida por aplausos largos y miradas cómplices. Los Tekis se retiraron dejando la certeza de haber ofrecido algo más que un recital: una experiencia profunda, identitaria y compartida.
En Jesús María, esa noche, la música volvió a demostrar su poder de convocatoria y su capacidad de transformar un espacio en comunidad. El cierre no solo coronó una presentación, sino que reafirmó un vínculo histórico entre el grupo y el festival. Un lazo que, lejos de desgastarse con los años, sigue renovándose al ritmo del carnaval, la memoria y la celebración colectiva.
La cumbia toma la posta: el debut de La T y La M

Con el anfiteatro todavía vibrando por la intensidad del tramo anterior, la noche encontró un nuevo impulso cuando llegó el turno de La T y La M. El clima estaba lejos de aquietarse: por el contrario, la energía parecía necesitar un cauce distinto para seguir fluyendo. El debut del dúo cumbiero en el escenario Martín Fierro apareció entonces como una decisión certera dentro de la programación, capaz de leer el pulso del público y acompañar ese estado de euforia sostenida.
Desde su ingreso, quedó claro que no se trataba de una apuesta improvisada. La T y La M pisaron el escenario con seguridad y cercanía, conscientes de que era su primera vez en ese espacio, pero también de que su música ya había recorrido un largo camino hasta llegar allí. Los primeros acordes que brotaron desde el teclado fueron suficientes para generar una reacción inmediata. Melodías reconocibles, letras coreadas de memoria y un ritmo que invitaba al movimiento sin pedir permiso comenzaron a dominar el ambiente.
El anfiteatro respondió sin distinciones. Jóvenes, adultos, familias enteras y grupos de amigos se sumaron al baile con naturalidad. No hubo sectores quietos ni miradas ajenas: la cumbia funcionó como un lenguaje común, capaz de reunir procedencias diversas bajo una misma celebración. El campo y las tribunas se transformaron en una gran pista abierta, donde el disfrute fue espontáneo y compartido.
El clima que se generó fue descontracturado, festivo y luminoso. No hubo solemnidad ni pausas innecesarias. La música avanzó con fluidez, marcando un pulso constante que sostuvo la atención y el movimiento. En ese sentido, la presentación funcionó como una transición ideal hacia el cierre de la jornada: sin bajar la intensidad, pero cambiando el registro emocional hacia un disfrute más liviano y colectivo.
La conexión del dúo con el público fue directa. Entre canción y canción, los gestos y las palabras reforzaron un vínculo que ya estaba construido desde la música. Uno de los momentos más significativos llegó cuando Tobías Medrano se dirigió especialmente a los más jóvenes. Su mensaje, cargado de agradecimiento y aliento, fue escuchado con atención genuina. No se trató de una intervención discursiva forzada, sino de un gesto sincero que encontró eco inmediato.
El aplauso que siguió fue tan elocuente como el baile. En ese intercambio quedó sellada una complicidad que trascendió el hecho artístico. La T y La M no solo ofrecieron un show efectivo, sino que lograron integrarse al espíritu del festival desde un lugar honesto, aportando una sonoridad contemporánea que dialogó con el resto de la noche.
Cuando la presentación llegó a su fin, la sensación general fue de satisfacción. El debut había cumplido su cometido y algo más: confirmó que Jesús María también es un espacio donde lo popular en todas sus formas puede encontrar lugar. Con la noche avanzando hacia su desenlace, el público seguía bailando, consciente de haber sido parte de otro capítulo intenso y diverso en la historia viva del festival.
Ke Personajes y el final que estiró la madrugada

Cuando la madrugada ya había tomado definitivamente el control del cielo de Jesús María y el cansancio comenzaba a sentirse en los cuerpos, el festival encontró su último impulso. Lejos de apagarse, la noche parecía reservar todavía una energía final, una descarga necesaria para cerrar una jornada que se había negado, desde el inicio, a seguir cualquier previsión. En ese contexto, Ke Personajes se hizo cargo del desenlace, confirmando con contundencia una realidad que ya nadie discute: es el grupo de cumbia más convocante del presente.
No fue un cierre apresurado ni meramente funcional. Fue una irrupción esperada, casi inevitable. A pesar de la demora respecto del horario previsto —un detalle menor a esa altura— la respuesta del público fue inmediata y sin fisuras. Nadie se movió. Nadie se retiró. Por el contrario, el anfiteatro parecía haber guardado fuerzas para ese tramo final, como si supiera que todavía faltaba un capítulo decisivo.
Emanuel Noir apareció en escena con una energía arrolladora, de esas que no se ensayan ni se explican. Su presencia domina el espacio desde el primer paso. No necesitó discursos extensos ni gestos exagerados: su manera de habitar el escenario bastó para reinstalar la atención absoluta. El anfiteatro, que ya había atravesado múltiples climas a lo largo de la noche, volvió a compactarse emocionalmente en torno a una figura que conecta de forma directa con el pulso popular.
La introducción fue una jugada inteligente y efectiva. Fragmentos de clásicos del rock nacional e internacional sirvieron como antesala, preparando el terreno con una tensión creciente. Esos guiños funcionaron como un puente generacional, despertando complicidad y expectativa antes de que la banda se sumergiera de lleno en su propio repertorio. El público respondió con gritos y aplausos, consciente de que lo que venía no daría respiro.
Y así fue. Canción tras canción, Ke Personajes desplegó una seguidilla de hits que mantuvo al anfiteatro en movimiento constante. No hubo pausas largas ni momentos de dispersión. Cada tema encontró su coro inmediato, su baile espontáneo, su eco multiplicado en miles de voces. La banda demostró un entendimiento preciso del ritmo colectivo, de cuándo acelerar, de cuándo sostener, de cómo administrar la intensidad sin perder conexión.
El campo y las tribunas se convirtieron en una sola masa vibrante. Los cuerpos, ya cansados por las horas acumuladas, parecían encontrar una segunda energía. El baile fue generalizado, sin distinciones ni reservas. Jóvenes, adultos, grupos de amigos y familias compartieron un mismo pulso, confirmando que la cumbia, en este contexto, funciona como un lenguaje transversal.
Emanuel Noir condujo ese clima con naturalidad. Su interacción con el público fue directa, sin poses impostadas. Cada gesto, cada mirada, reforzó la sensación de cercanía. No se trató de un artista distante frente a una multitud, sino de una figura que entiende y devuelve la energía que recibe. Esa dinámica, sostenida durante todo el show, fue clave para que el cierre resultara tan efectivo.
Musicalmente, la banda mostró solidez y oficio. Los arreglos, precisos y contundentes, acompañaron una propuesta pensada para el vivo, para el impacto inmediato. No hubo distracciones técnicas ni desajustes perceptibles. Todo estuvo orientado a sostener la fiesta, a prolongar un clima que la noche pedía a gritos.
El tramo final fue tan festivo como inevitable. No hubo intento de bajar la intensidad ni de ofrecer un cierre melancólico. Por el contrario, Ke Personajes eligió despedirse desde el mismo lugar desde el que había construido su presentación: la celebración plena. El último tema encontró al anfiteatro completamente entregado, consciente de estar viviendo el final de una jornada extensa, pero también satisfecha.
Cuando las luces comenzaron a apagarse y los últimos acordes se perdieron en el aire tibio de la madrugada, quedó una sensación clara: el cierre había estado a la altura de la noche. No solo como espectáculo, sino como síntesis emocional de todo lo vivido.
La cuarta jornada del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María 2026 no será recordada por récords de asistencia ni por cifras extraordinarias. Su huella no se mide en números, sino en coherencia. Fue una noche larga, diversa y profundamente representativa de la cultura popular argentina, construida paso a paso, sin estridencias previas, pero con una narrativa sólida.
Desde el carnaval del norte y su desborde ritual, pasando por la destreza criolla que sigue siendo el corazón del festival, el folklore reinterpretado desde distintas miradas y la cumbia contemporánea que conecta con nuevas generaciones, la jornada ofreció un mapa amplio y honesto de expresiones populares. No hubo contradicciones forzadas ni cruces artificiales: todo convivió con naturalidad.
Jesús María volvió a demostrar que su fortaleza no reside únicamente en la masividad, sino en la capacidad de generar experiencias que permanecen. Experiencias que se construyen en el tiempo, que se viven con el cuerpo y que se recuerdan sin necesidad de grandes anuncios.
Cuando el anfiteatro comenzó a vaciarse, ya con el cielo aclarando y los primeros signos del amanecer asomando, la gente se retiró sin apuro. No había urgencia. Quedaba la sensación compartida de haber sido parte de una de esas jornadas que no prometen nada extraordinario, pero que terminan ocupando un lugar especial en la memoria colectiva del festival.
Una noche que no hizo ruido antes, pero que dejó huella después.