La decisión bajo el cielo lavado

La lluvia había cedido en Jesús María cuando llegó la confirmación. No caía ya una sola gota, pero el agua seguía presente en el aire, en el suelo blando, en ese silencio espeso que dejan las tormentas cuando se van.
La jornada prevista en el predio quedó suspendida. No fue un gesto de derrota ni una renuncia a la fiesta: fue una decisión tomada con la cabeza fría y el pulso firme, por seguridad de toda la comunidad, y fue —a la luz de lo que vendría después— una determinación acertada.Porque el riesgo no siempre se mide por lo que cae del cielo, sino por lo que queda: cables húmedos, suelos inestables, accesos comprometidos, familias enteras circulando.
La chaya, que sabe de intuiciones antiguas, entendió antes que nadie que cuidar también es celebrar.
La calle como refugio y escenarioEntonces ocurrió lo inesperado y, a la vez, lo más riojano de todo: la fiesta no se apagó, cambió de lugar. Bajó del predio a la calle, se hizo cercana, horizontal, compartida.
Las veredas se volvieron abrazo, las esquinas memoria, y el asfalto, todavía oscuro por la lluvia reciente, reflejaba luces, risas y harina como un espejo humilde.
La chaya encontró allí su clima natural. No hubo vallados ni distancias: hubo vecinos, familias, turistas sorprendidos y músicos mezclados con la gente.
La celebración se armó como se arman las cosas verdaderas, sin libreto, con el pulso de quienes entienden que la cultura no depende de un escenario, sino del deseo colectivo de sostenerla.
Música que resistió al aguacero
Los nombres estaban, aunque el formato hubiera cambiado. Cara Fea, Jesica Benavidez, Gualicho, Juan Fuentes, Sergio Galleguillo, Eugenia Quevedo y LBC fueron parte de una grilla que, lejos de diluirse con la suspensión, se volvió símbolo. Porque la música sonó igual, quizá más cerca, quizá más cruda, más verdadera. No hubo lujos técnicos, pero sí una entrega que no se negocia.
Cada canción parecía decir lo mismo: la fiesta no se cancela cuando hay pueblo. Se adapta, se cuida, se transforma.
La lluvia como prólogo, no como final
La lluvia fue el prólogo de esta historia, no su cierre. Un elemento narrativo clave que obligó a elegir, a priorizar, a pensar en el otro. Cuando paró, la decisión ya estaba tomada. Y esa pausa —breve, necesaria— terminó dándole a la chaya una densidad distinta, casi pedagógica: celebrar también es saber decir “hasta acá” cuando hace falta.
Jesús María ofreció entonces una postal que no estaba en los programas oficiales: la de una comunidad que entiende que la cultura se sostiene con responsabilidad, que la alegría no está reñida con el cuidado, y que las tradiciones más fuertes son las que saben adaptarse sin perder el alma.
La certeza que dejó la noche
Al final, entre harina pegada a la piel y guitarras resonando en las calles, quedó una certeza clara: suspender fue lo correcto. Y celebrar igual, también. Porque esa noche la chaya no necesitó un predio para existir. Le alcanzó con la calle, con la gente y con una decisión tomada a tiempo para que la fiesta siguiera siendo, ante todo, un acto de encuentro y de cuidado colectivo.