
El miércoles amaneció distinto en Jesús María. No hacía falta mirar el cielo para saberlo: el suelo aún húmedo, el olor a tierra removida y los pasos cautelosos de quienes cruzaban el predio hablaban por sí solos.
La lluvia del día anterior no solo había empapado el anfiteatro y los caminos internos del festival, también había dejado suspendida una jornada entera, un vacío que se sentía en el aire como una frase interrumpida.
La suspensión había sido una decisión inevitable. El agua cayó con fuerza, persistente, y obligó a bajar las luces, a apagar los parlantes y a replegar a la multitud. Muchos se fueron en silencio, otros con resignación, algunos con bronca contenida ottos chayando en las calles.
El festival, acostumbrado a resistir, había tenido que detenerse. Y esa pausa forzada cargó al miércoles de una expectativa distinta, más intensa, más profunda.Cuando la tarde comenzó a caer y las puertas del Anfiteatro José Hernández volvieron a abrirse, no era solo un público el que ingresaba: era una multitud con ganas de recuperar lo perdido, de sacarse de encima la humedad del desencanto y volver a encontrarse alrededor de lo que siempre convoca.
Más de 18 mil personas ocuparon las tribunas, como si nadie quisiera quedarse afuera de esa revancha emocional que ofrecía la noche.
El anfiteatro como refugio colectivoEl paisaje era el de siempre, pero no del todo.
Las luces recortaban las tribunas, el escenario se erguía imponente y el murmullo crecía de a poco, como una respiración compartida. Había mates que pasaban de mano en mano, bufandas todavía húmedas, botas con restos de barro seco.
El público no solo estaba presente: estaba agradecido.
La edición número 60 del Festival Nacional de Doma y Folklore no se vivía como un aniversario más.
Pesaba la historia, pero también el desafío de estar a la altura. Se sentía en los gestos de la organización, en la paciencia del público, en la entrega de los artistas. Después de la lluvia, la noche prometía algo más que música: prometía reparación.
Maggie Cullen y el primer silencio verdadero
El inicio musical de la noche quedó en manos de Maggie Cullen, y la elección no pudo haber sido más acertada. Su aparición sobre el escenario no buscó impacto inmediato ni estridencia: trajo calma. En un festival acostumbrado a la intensidad, su propuesta funcionó como un gesto de orden emocional, una invitación a bajar el ritmo y disponerse a escuchar. El público respondió de la misma manera, con una quietud poco habitual en encuentros multitudinarios, pero profundamente elocuente.
Venía de llover. La tormenta del día anterior había dejado huellas visibles y sensaciones latentes. El suelo todavía conservaba humedad y el aire, una frescura inusual para enero, parecía limpiar el ambiente. En ese contexto, la voz de Maggie Cullen se volvió un ancla. Cálida, firme, sin asperezas, se desplegó con naturalidad, como si hubiera estado esperando ese momento preciso para sonar. No hubo gritos, ni corridas, ni necesidad de imponerse. Hubo atención. Esa forma rara y valiosa de respeto que se manifiesta cuando una multitud decide quedarse quieta.
Su repertorio, profundamente ligado a la raíz folklórica, encontró un público dispuesto a recibirlo. Cada canción fue presentada sin apuro, dejando que las palabras y las melodías hicieran su propio recorrido. Maggie no llenó los silencios: los habitó. Y en esos espacios, el anfiteatro pareció escucharse a sí mismo. Las gradas, generalmente inquietas al inicio de la noche, permanecieron atentas, acompañando con aplausos medidos, sin romper el clima.
La sensación fue la de un puente que se construía lentamente entre el escenario y el público. No desde la euforia, sino desde la confianza. La voz, sostenida y clara, fue acomodando las emociones dispersas, como si ordenara el caos residual que había dejado la lluvia. Cada interpretación sumó una capa más de intimidad, consolidando un clima que invitaba a quedarse, a escuchar y a dejarse llevar.
No fue un comienzo explosivo, ni pretendió serlo. Fue algo más difícil y, por eso mismo, más valioso: un comienzo honesto. Maggie Cullen abrió la noche con una sensibilidad que no buscó convencer, sino compartir. Su paso por el escenario dejó la sensación de haber asistido a un prólogo necesario, uno que preparó el terreno para todo lo que vendría después.
La lluvia, que podría haber sido un obstáculo, terminó funcionando como antesala. No como un final anticipado, sino como un marco que permitió que la música encontrara otro espesor. En ese cruce entre la tierra mojada y la voz serena, la noche empezó a escribirse con una calma poco frecuente, pero profundamente significativa.
La Callejera y el pulso popular que vuelve a latir
El clima de recogimiento que había marcado el inicio de la noche encontró un punto de inflexión claro con la llegada de La Callejera. El silencio atento dio paso, casi sin transición, a un murmullo creciente que pronto se convirtió en palmas, en coros espontáneos y en cuerpos que comenzaron a moverse con naturalidad. No hubo señales previas ni necesidad de invitación: la reacción fue inmediata, instintiva, como si el público reconociera desde el primer acorde una voz propia.
La impronta del grupo, popular y directa, encontró un terreno fértil. Sus canciones, dichas con claridad y sin rodeos, conectaron de inmediato con una audiencia que no necesitó explicaciones. El anfiteatro respondió como suele hacerlo cuando se siente representado: acompañando, cantando, apropiándose de cada estribillo. No hubo distancia entre escenario y tribunas. La música circuló en un ida y vuelta constante, sin jerarquías marcadas.
La Callejera no apeló al impacto visual ni al volumen desmedido. Su fuerza estuvo en otro lado, en esa capacidad de generar pertenencia a través de letras y melodías que hablan el mismo idioma que el público. Cada canción fue recibida como un encuentro, no como un espectáculo ajeno. Las palmas marcaron el pulso, los coros crecieron con cada repetición y el movimiento se volvió colectivo.
Fue, sin dudas, uno de los momentos más celebrados de la primera parte de la noche. No por la espectacularidad, sino por la cercanía. Por esa sensación difícil de describir pero fácil de reconocer cuando aparece: la de estar participando de algo propio, compartido, auténtico.
Natalia Pastorutti: el regreso que siempre emociona

Cuando Natalia Pastorutti volvió a pisar el escenario mayor, la noche encontró un punto de equilibrio definitivo. No hubo estridencias ni gestos de presentación exagerados. Bastó su presencia para que algo se acomodara en el clima general, como sucede cuando reaparece una voz conocida en un lugar que guarda memoria. Su vínculo con Jesús María es extenso, construido a lo largo de los años, y esa historia compartida se hizo visible desde el primer instante.
Cada canción fue recibida como un reencuentro. Los clásicos no sonaron como piezas del pasado, sino como relatos vivos que el público sigue llevando consigo. Desde las tribunas, la respuesta fue inmediata y constante: aplausos, coros suaves y miradas cargadas de reconocimiento. No hizo falta forzar emociones ni apelar a recursos externos. El intercambio fue natural, sostenido por una complicidad que no necesita explicaciones.
Natalia Pastorutti cantó con la tranquilidad de quien conoce el terreno y sabe que no está sola. Su interpretación, segura y medida, encontró eco en una audiencia dispuesta a acompañar cada palabra. Hubo emoción, pero sin excesos; cercanía, pero sin invadir. El anfiteatro respondió con respeto y calidez, consciente de estar frente a una artista que forma parte de su propia historia.
En un festival que celebra seis décadas, estos regresos adquieren un significado especial. No son solo actuaciones dentro de una grilla, sino gestos que confirman la continuidad de los lazos. La presencia de Natalia Pastorutti fue una prueba clara de que el tiempo puede pasar, los contextos pueden cambiar, pero hay vínculos que permanecen intactos. Y cuando eso ocurre, la música deja de ser solo espectáculo para convertirse en memoria compartida.
Medianoche sensible: Nahuel Pennisi y la cercanía

La noche avanzó sin sobresaltos hasta alcanzar la medianoche, y para entonces el anfiteatro ya estaba completamente entregado. No quedaban resistencias ni distracciones: el público había entrado en ese estado particular que solo se logra después de varias horas compartidas, cuando la atención se vuelve plena. En ese clima apareció Nahuel Pennisi, y con su ingreso el pulso general volvió a transformarse, como si alguien hubiera cambiado la respiración del lugar.
Desde el inicio quedó claro que lo que venía no sería un show convencional. La introducción, cuidada y contenida, desembocó en “Lágrimas de amor” y marcó el tono de todo el recorrido. No hubo necesidad de levantar la voz ni de forzar gestos. Pennisi se plantó desde la sensibilidad, desde una forma de decir que no busca imponerse, sino encontrarse. El anfiteatro respondió de inmediato, con un silencio atento que decía más que cualquier ovación.
A lo largo de su presentación, el repertorio fue construyendo un camino íntimo, sostenido en la interpretación y en una cercanía que no suele ser habitual en escenarios de esta magnitud. “Fuego de Animaná”, “Hoy”, “Mercedes” y “Eterno amor” se sucedieron sin apuro, permitiendo que cada canción encontrara su propio espacio. Pennisi no cantó para el público: cantó con el público. No habló desde un lugar elevado, sino desde la misma altura emocional que quienes lo escuchaban. Y esa horizontalidad se sintió en cada gesto.
Entre canción y canción, sus palabras fueron breves, medidas, despojadas de solemnidad. No hubo discursos armados ni frases de compromiso. Lo que se escuchó fue agradecimiento genuino y una conciencia clara del momento compartido. El anfiteatro acompañó con respeto, sosteniendo un clima de recogimiento que contrastaba con la intensidad festiva de otros tramos de la noche, sin perder profundidad.
Uno de los momentos más celebrados llegó con la participación de Maggie Cullen en “Si llega a ser Tucumán”. El cruce no fue un simple gesto de invitación, sino una confirmación del espíritu colaborativo que atravesó toda la jornada. Las voces se encontraron con naturalidad, sin competir, sumando matices y emoción. El aplauso fue inmediato y cálido, no explosivo, como si el público entendiera que ese instante pedía cuidado y atención.
La noche siguió creciendo sin perder intimidad. Más adelante, la incorporación de bailarines en “Desvío” sumó una dimensión corporal al relato musical. El movimiento acompañó sin invadir, aportando imágenes que ampliaron el sentido de la canción. El escenario se volvió más dinámico, pero sin romper el clima construido hasta ese momento. Todo parecía responder a una lógica interna, a un relato que avanzaba con coherencia.
El tramo final trajo un cambio de energía. Los carnavalitos comenzaron a marcar un nuevo pulso y la alegría se expandió de manera progresiva. “Abrojito”, “Poco a poco”, “Vienes y te vas” y “Regresa” despertaron sonrisas, palmas y cuerpos en movimiento. El anfiteatro, que hasta entonces había permanecido en una escucha casi contemplativa, empezó a sacudirse. Fue una alegría compartida, sin desborde, pero profundamente colectiva.
En ese momento, la noche pareció sacarse de encima cualquier resto de la lluvia que había marcado jornadas anteriores. Como si la música terminara de secar el recuerdo del agua, el público se entregó a un festejo que no fue estridente, sino luminoso. La transición entre la intimidad y la celebración fue natural, sin quiebres, confirmando la versatilidad de una propuesta que supo recorrer distintos estados emocionales.
Cuando la presentación llegó a su cierre, la sensación fue clara: no se había asistido solo a un recital, sino a un encuentro verdadero. Nahuel Pennisi dejó el escenario sin grandilocuencias, pero con una conexión profunda establecida. El aplauso final fue largo, sincero, sostenido, como una forma de agradecimiento compartido.
En una noche que había atravesado múltiples climas y estéticas, su paso por Jesús María quedó marcado por esa cualidad difícil de definir pero fácil de reconocer: la honestidad. Una presentación que no necesitó imponerse, porque encontró su fuerza en la cercanía, en la interpretación y en el respeto mutuo entre artista y público. Un momento que, sin dudas, ocupará un lugar especial en la memoria de esta jornada.
Herencia Criolla: sesenta caballos, sesenta años
La danza tomó el centro de la escena con “Herencia Criolla, el alma al galope”.
El espectáculo de la Escuadra Ecuestre local fue una de las postales más potentes de la noche. Sesenta caballos criollos ingresaron al Anfiteatro José Hernández, uno por cada año del festival, en una demostración de destreza, identidad y tradición. El sonido de los cascos, el movimiento preciso, la conexión entre jinete y animal construyeron un momento de profunda emoción. No hubo estridencias. Hubo respeto. El testimonio posterior de Guadalupe Crespo puso palabras a lo que muchos habían sentido sin saber cómo decirlo.
La jineteada: la competencia que no espera
Mientras el escenario vibraba, el campo de la jineteada seguía escribiendo su propia historia. La quinta noche de montas trajo cambios importantes. En Bastos con Encimera, Emiliano Molina perdió el liderazgo tras no sumar puntos en “La China” de la Flor del Pago. El nuevo puntero pasó a ser Franco Fontanessi, de Chaco, con una monta cercana a los nueve puntos en “La Careta”.
La tabla se ajustó y dejó abierta una definición apasionante. En Gurupa Sureña, el duelo internacional entre el uruguayo Carlos Benia Miranda y el brasileño Giovane De Melo se mantuvo en lo más alto, aunque varios competidores acortaron distancias.
En Crina Limpia, Agustín Miraballes Oyambure sostuvo el liderazgo, consolidando la presencia uruguaya en la cima.
Para la delegación charrúa, era una experiencia cargada de emoción. Primera vez en Jesús María, primera vez en ese escenario inmenso que exige tanto como devuelve.
Luciano Pereyra y el abrazo masivo

Ya entrada la madrugada, cuando el cansancio empezaba a sentirse en los cuerpos pero no en el ánimo, Luciano Pereyra tomó el escenario y el anfiteatro volvió a encenderse como si la noche recién comenzara. Su aparición tuvo ese efecto inmediato que solo logran los artistas con una relación consolidada con el público: una ovación espontánea, un murmullo expectante y la certeza de que lo que venía sería un recorrido emocional intenso.
Desde los primeros acordes quedó claro que su show no estaría pensado como una simple sucesión de canciones, sino como un relato construido con sensibilidad y ritmo. “Ahora resulta” abrió el camino y marcó el tono de cercanía que atravesaría toda la presentación. A partir de allí, el repertorio se desplegó con naturalidad, alternando baladas profundas con momentos de energía popular que mantuvieron al anfiteatro en permanente movimiento. “Una mujer como tú” fue uno de los primeros picos de la noche, cantada de principio a fin por un público que no necesitó indicaciones para acompañar.
Luciano no se mostró distante ni automático. Entre tema y tema, sus palabras fueron medidas pero cargadas de emoción, con referencias al paso del tiempo, a los vínculos que se sostienen y a la importancia de compartir ese momento en un festival que ya forma parte de la memoria colectiva del país. Cada intervención encontraba respuesta inmediata desde las tribunas, reforzando un ida y vuelta que sostuvo el clima durante todo el show.
El listado de canciones fue extenso y celebrado. Hubo espacio para la nostalgia, con temas que remiten a distintas etapas de su carrera, y también para la fiesta, cuando los ritmos más movidos invitaron a ponerse de pie, a bailar y a cantar sin reservas. El anfiteatro osciló entre el silencio atento y la explosión colectiva, siguiendo el pulso que Pereyra supo marcar con oficio y sensibilidad.
Uno de los momentos más comentados llegó con el falso final. “Como tú” apareció como una despedida, generando esa mezcla de emoción y resignación que suele acompañar los cierres. Sin embargo, lejos de ser el final, funcionó como un punto de inflexión que renovó la energía del público. El regreso al escenario fue celebrado con fuerza, confirmando que aún quedaban emociones por compartir.
El tramo siguiente elevó la noche a otro nivel. La participación de Nahuel Pennisi en “Regresa” fue uno de esos cruces que trascienden lo musical. Las voces se encontraron desde un lugar de respeto mutuo, construyendo una versión cargada de sensibilidad que silenció al anfiteatro durante varios minutos. No fue solo una colaboración: fue un diálogo artístico que encontró eco inmediato en la audiencia.
Ese clima encontró su punto más alto con la versión de “Zamba para olvidarte”, interpretada como homenaje a Daniel Toro. La canción, profundamente arraigada en el cancionero popular argentino, fue abordada con sobriedad y emoción. No hubo excesos ni gestos grandilocuentes. La interpretación se sostuvo en el peso de la letra y en el respeto por la obra, generando uno de los momentos más intensos de toda la madrugada.
La sorpresa final llegó con la presencia de La Konga, que se sumó para sellar ese pasaje inolvidable. La fusión de estilos, lejos de desentonar, aportó una nueva capa de emoción y celebración. El anfiteatro respondió con una ovación que combinó aplausos, gritos y coros, como si el público entendiera que estaba siendo testigo de un instante único.
A esa altura de la noche, el tiempo parecía haberse diluido. La madrugada avanzaba, pero nadie parecía apurado. El cansancio quedó en segundo plano frente a la intensidad de lo vivido. Luciano Pereyra cerró su presentación con la seguridad de quien sabe que cumplió y, al mismo tiempo, con la humildad de agradecer cada gesto del público.
Su paso por el escenario no fue solo uno de los momentos más extensos de la jornada, sino también uno de los más completos. Hubo emoción, fiesta, memoria y presente. Un show que logró abrazar a distintas generaciones y que confirmó, una vez más, la vigencia de un artista que entiende el valor del encuentro.
Cuando finalmente dejó el escenario, el anfiteatro quedó envuelto en una sensación de plenitud. No fue un cierre inmediato ni abrupto, sino una despedida prolongada, sostenida en aplausos que parecían no querer terminar. En una noche larga, diversa y cargada de momentos intensos, la presentación de Luciano Pereyra se instaló como uno de esos recuerdos que permanecen, incluso cuando la música ya se ha apagado.
La Konga y la madrugada que no quiere irse
El cierre de la noche quedó en manos de La Konga, y con ellos el festival encontró su desenlace más festivo y expansivo. A esa altura, la madrugada ya estaba bien entrada, pero lejos de apagarse, el anfiteatro parecía haber guardado energías para ese último tramo. La aparición del grupo cordobés fue recibida con una ovación inmediata, de esas que no necesitan presentación previa. Bastaron los primeros acordes para que el clima cambiara por completo y la celebración se apoderara del predio.
La Konga llegó con una propuesta directa, sin rodeos, apoyada en el ritmo, el carisma y una conexión permanente con el público. No hubo distancia entre el escenario y las gradas: el diálogo fue constante, sostenido en miradas, gestos y coros multitudinarios. Cada canción funcionó como un disparador colectivo. El anfiteatro entero se puso de pie, transformándose en una pista improvisada donde el cansancio acumulado de la jornada quedó definitivamente relegado.
“La cabaña” marcó uno de los primeros picos del cierre. El reconocimiento fue inmediato, y el baile se extendió de manera espontánea desde las primeras filas hasta las tribunas más altas. Luego llegaron “Ya no vuelvas” y “Te mentiría”, consolidando un tramo final pensado para disfrutar sin reservas. No se trató solo de escuchar, sino de participar: cantar, moverse, compartir ese último impulso festivo que cerraba el círculo de la noche.
El valor del cierre no estuvo únicamente en la energía, sino en el contraste. Después de una velada que había comenzado con climas íntimos, silencios respetuosos y momentos de profunda emoción, La Konga aportó el desahogo necesario. La celebración no borró lo anterior; lo completó. Funcionó como una síntesis del espíritu del festival: diversidad de lenguajes, convivencia de estilos y una identidad popular que se expresa tanto en la contemplación como en el baile.
Desde el escenario, el grupo agradeció reiteradamente el acompañamiento y la respuesta del público, consciente de estar protagonizando el último acto de una noche extensa. El anfiteatro respondió con la misma intensidad, sosteniendo el clima hasta el final, sin apuros por retirarse. Cada tema fue celebrado como si fuera el último, y aun así, siempre parecía haber ganas de uno más.
Cuando finalmente las luces comenzaron a apagarse y los acordes se diluyeron en el aire, quedó la sensación de un cierre justo, acorde a todo lo vivido. La noche había comenzado con atención y recogimiento, y terminó envuelta en ritmo, alegría y celebración compartida. No hubo necesidad de artificios ni despedidas solemnes. El broche fue popular, genuino y colectivo, como lo es el espíritu de Jesús María cuando la música, el tiempo y el público se alinean para dejar una huella que perdura más allá de la madrugada.
Conectados incluso en la emoción
Este año, el festival también dio un paso histórico en materia tecnológica. En alianza con Personal, se desplegó una infraestructura de conectividad sin precedentes. Red 4G y 5G reforzada, WiFi de alta velocidad con tecnología FWA en zonas estratégicas, cobertura dedicada para seguridad y logística.Después de años de saturación, el anfiteatro respondió. La conectividad acompañó, facilitó, permitió compartir. Fue una mejora silenciosa, pero fundamental. Cuando la noche se vuelve recuerdo
Al final, cuando las luces se apagaron y el público comenzó a retirarse, quedó una certeza: después de la lluvia, Jesús María volvió a latir con más fuerza. No fue solo una noche de música y jineteada. Fue una noche de reparación emocional, de memoria compartida, de celebración colectiva. Algunas noches pasan. Otras quedan. Esta, sin dudas, fue una de esas.