Un lunes que desafió al calendario y convirtió al anfiteatro en territorio festivo

El lunes avanzaba con la pesadez típica de enero. El calor persistente, el cansancio acumulado de varias jornadas consecutivas y una grilla que, en los papeles, parecía menos masiva que la de los fines de semana hacían prever una noche más contenida en el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María. Sin embargo, como tantas veces ocurre en esta celebración que combina ritual, música y resistencia colectiva, la realidad volvió a desmentir a las especulaciones.
El cuarto día de la 60ª edición no fue una noche más. Fue, más bien, una demostración de cómo la identidad cultural, cuando se expresa con autenticidad, puede transformar una jornada aparentemente menor en una experiencia intensa, extensa y profundamente emotiva. Desde las primeras horas de la noche hasta entrada la madrugada, el Anfiteatro José Hernández se convirtió en un espacio donde convivieron el carnaval jujeño, la destreza criolla, el folklore contemporáneo y la cumbia más popular del país.
No fue la noche de la multitud absoluta, pero sí la del pulso constante. Una velada de crecimiento progresivo, de climas que se encadenaron sin pausa y de una narrativa artística que encontró su punto más alto cuando el reloj ya había dejado atrás cualquier horario convencional.
Tribunas expectantes y un anfiteatro que se fue poblando con el correr de las horas
Desde la apertura de puertas, el movimiento fue pausado pero sostenido. El público ingresó sin apuro, buscando sombra, agua y ubicación estratégica en una jornada que se presentó como una de las más calurosas de la semana. Las tribunas comenzaron a ocuparse de manera ordenada, aunque sin la presión habitual de los días centrales del festival.
La merma inicial en la concurrencia, en comparación con las noches del viernes y sábado, fue evidente. No obstante, lejos de generar un clima apagado, esa menor densidad permitió una experiencia distinta: más cercana, más cómoda y con una atención mayor hacia el escenario y el campo de jineteada.
El José Hernández respiraba otra energía. Menos estridencia, más observación. Menos urgencia, más disfrute. Una noche que se sabía larga y que invitaba a dejarse llevar.
El grito ritual y el inicio de una noche con acento norteño
Como cada jornada, el acto de apertura marcó el inicio formal de la programación. El clásico saludo de Néstor Ramello —ese “¡Buenas noches, Patria!” que ya es el sello caracteristico del festival— volvió a funcionar como llave simbólica. A partir de allí, el escenario Martín Fierro quedó habilitado para que la música tomara el control.

Los primeros en asumir esa responsabilidad fueron Los Diableros Jujeños, encargados de encender la mecha festiva desde el arranque. Con una propuesta arraigada en la tradición del carnaval del norte argentino, el grupo desplegó una sonoridad marcada por sikus, vientos andinos y percusión festiva, construyendo desde el primer acorde el clima que dominaría gran parte de la noche.
Lejos de limitarse a un repertorio estrictamente tradicional, el conjunto apostó por una selección que dialogó con el presente. Versiones adaptadas, guiños populares y una energía escénica que no tardó en contagiar a las tribunas. La elección de canciones reconocibles, reinterpretadas desde la estética jujeña, anticipó una idea que se repetiría a lo largo de la velada: la tradición no como museo, sino como celebración viva.
El campo y las tribunas: cuando la jineteada lucha por recuperar protagonismo
Mientras el escenario comenzaba a captar la atención del público, el campo también hacía lo suyo. La competencia de jineteada, corazón histórico del festival, atravesó una noche exigente. Para los jinetes, la dificultad estuvo en la nobleza y resistencia de los caballos; para el público, en sostener la concentración entre un espectáculo musical y otro.
Fue, sin dudas, una jornada donde el protagonismo visual y sonoro del escenario Martín Fierro se impuso con fuerza. Aun así, cada monta mantuvo el respeto y el aplauso de una audiencia que, aunque más dispersa, no dejó de valorar el esfuerzo y la destreza criolla.
Kepianco y la explosión visual: cuando el carnaval se volvió espectáculo total

Luego de una nueva tanda de jineteada, el escenario fue tomado por Kepianco, el colectivo jujeño radicado en Córdoba que llegó con una propuesta pensada especialmente para el festival. Lejos de ofrecer un simple recital, el grupo presentó un verdadero dispositivo escénico donde la música fue apenas uno de los componentes.
Con una treintena de bailarines en escena, vestuarios coloridos, espuma, polvo de colores y la aparición de un diablo de dimensiones imponentes que irrumpió en el campo, Kepianco convirtió el anfiteatro en una extensión del carnaval norteño. El público vip fue uno de los primeros en involucrarse, aunque rápidamente la energía se expandió hacia las tribunas.
Los diablos no aparecieron una sola vez. Entraron, salieron, volvieron a irrumpir, bailaron entre la gente, provocaron, jugaron y convocaron. La celebración no se limitó al escenario: se trasladó a cada rincón del predio.
En lo musical, la propuesta combinó chacareras, zambas y ritmos festivos, con invitados que aportaron diversidad y potencia interpretativa. La presencia del “Chaco” Andrada, “Pachi” Herrera y Agostina Vilar sumó matices y momentos destacados a un show que apostó decididamente por la experiencia sensorial.
Un cierre inesperado: el cuarteto filtrado por el espíritu del norte
La sorpresa llegó sobre el final. En una noche sin bandas de cuarteto en la grilla oficial, Kepianco decidió cerrar su presentación con un enganchado que nadie esperaba. Clásicos del cancionero cuartetero fueron reinterpretados desde la estética carnavalera, generando uno de los momentos más celebrados de la jornada.
Las canciones, conocidas por todos, adquirieron un color nuevo. El público respondió con entusiasmo, demostrando que los cruces de géneros, cuando están bien ejecutados, amplifican el sentido de fiesta en lugar de diluir identidades.
Ceibo: sobriedad, raíz y una despedida en silencio absoluto

Tras otra pasada de jineteada, fue el turno de Ceibo, el grupo oriundo de Cosquín que contó con un tiempo más acotado pero supo aprovecharlo al máximo. Con una propuesta centrada en la zamba y la chacarera, el cuarteto ofreció un contraste necesario frente al despliegue visual anterior.
La fuerza de Ceibo estuvo en la interpretación, en la precisión vocal y en la conexión con la raíz folklórica. Cada canción fue recibida con atención, y el cierre a capella de la Zamba del cantor enamorado logró algo poco habitual en festivales multitudinarios: silencio respetuoso y aplauso sostenido.
Fue uno de esos momentos donde el tiempo parece detenerse.
El reconocimiento que emocionó al anfiteatro
Una vez finalizado el espectáculo de tropillas entabladas, llegó uno de los instantes más emotivos de la noche. Érika Pereyra y Alejandro Bustos hicieron entrega del premio Latido de la Noche a Daniel Fazi, histórico relator de las jineteadas del festival.
El reconocimiento tuvo un peso especial. Días atrás, Fazi había atravesado un delicado problema de salud, y su presencia en el festival fue resultado de un enorme esfuerzo personal. El aplauso del público no fue protocolar: fue un gesto genuino de gratitud hacia quien, noche tras noche, pone su voz al servicio de la tradición.
Cuando Jesús María se volvió Jujuy: la llegada de Los Tekis

Pasada la medianoche, el anfiteatro comenzó a mostrar otra cara. La concurrencia creció de manera notable y, con la habilitación del campo, miles de personas avanzaron hacia las vallas. A esa altura, más de 17.500 espectadores ya estaban dentro del predio.
El responsable de ese crecimiento fue claro: Los Tekis.
Con una relación histórica con el festival, el grupo jujeño volvió a confirmar que Jesús María es, para ellos, una segunda casa. La presentación de su show 2026 fue una síntesis de experiencia, innovación y fidelidad a una identidad que supo evolucionar sin perder esencia.
La escenografía, dominada por colores vibrantes y pantallas de gran formato, incorporó recursos tecnológicos que incluyeron el uso de inteligencia artificial, integrados de manera narrativa al espectáculo. No se trató de un simple despliegue técnico, sino de una herramienta al servicio del relato.
Tradición y futuro: el folklore como experiencia inmersiva
Desde los primeros acordes, el recorrido musical de Los Tekis combinó clásicos y material reciente. Canciones que el público reconoce de memoria convivieron con nuevas composiciones, generando un equilibrio entre nostalgia y presente.
Uno de los momentos más celebrados fue la invitación a Facundo Toro y Los Herrera, que aportaron calidez y emoción a una zamba que funcionó como puente generacional.

Pero el punto máximo llegó con la aparición del Diablo del Carnaval. La figura mítica cobró vida sobre el escenario en una secuencia que combinó fuego, luces, papel picado y música, reafirmando el espíritu ancestral del carnaval jujeño.
El cierre, con morenadas, carnavalitos y canciones emblemáticas, convirtió al anfiteatro en una pista colectiva donde nadie quedó al margen.
La cumbia toma la posta: el debut de La T y La M

Con el clima aún en ebullición, llegó el turno de La T y La M, el dúo cumbiero que pisó por primera vez el escenario Martín Fierro. Su debut fue, sin exageraciones, uno de los grandes aciertos de la programación.
Desde el teclado surgieron las melodías que ya forman parte del cancionero popular reciente. El público, sin importar edades o procedencias, respondió de inmediato. Hubo baile, coros y un clima de celebración descontracturada que funcionó como transición perfecta hacia el cierre.
El mensaje de agradecimiento y aliento que Tobías Medrano dirigió a los más jóvenes fue recibido con atención y aplauso, reforzando el vínculo emocional con la audiencia.
Ke Personajes y el final que estiró la madrugada

Cuando la madrugada ya avanzaba, Ke Personajes se hizo cargo del cierre. La segunda presentación de la banda en el festival confirmó lo que ya es un hecho: se trata del grupo de cumbia más convocante del momento.
A pesar de la demora en el horario previsto, la respuesta del público fue inmediata. Emanuel Noir salió al escenario con energía arrolladora y una presencia que domina cualquier espacio. La introducción, con fragmentos de clásicos del rock nacional e internacional, preparó el terreno para una sucesión de hits que no dio respiro.
Canción tras canción, el anfiteatro vibró al ritmo de una banda que entiende como pocas el pulso popular. El cierre fue contundente, festivo y acorde a una noche que se negó, desde el inicio, a terminar temprano.
Una noche que dejó huella sin necesidad de récords
La cuarta jornada del Festival de Jesús María 2026 no será recordada por cifras históricas ni por momentos aislados, sino por su coherencia narrativa. Fue una noche extensa, diversa y profundamente representativa de la cultura popular argentina.
Entre el carnaval del norte, la destreza criolla, el folklore reinventado y la cumbia contemporánea, el festival volvió a demostrar que su fortaleza no está solo en la masividad, sino en la capacidad de generar experiencias que permanecen en la memoria colectiva.
Cuando el anfiteatro finalmente comenzó a vaciarse, ya con el cielo clareando, quedó la certeza de haber asistido a una de esas jornadas que, sin hacer ruido previo, terminan ocupando un lugar especial en la historia del festival.