Durante más de medio siglo, el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María dejó de ser solamente una cita artística para convertirse en una verdadera ceremonia popular, un rito compartido que año tras año convoca memorias, identidades y expectativas colectivas. En esta edición número 60, esa dimensión simbólica se volvió aún más intensa. No fue una celebración más: fue un aniversario cargado de historia, de balances y de proyección hacia el futuro. Desde antes de su inicio, el clima que rodeó al festival estuvo atravesado por la emoción, la ansiedad y un sentimiento de pertenencia que se hizo evidente en cada rincón del predio.
Las condiciones climáticas adversas obligaron a postergar la noche inaugural, un contratiempo que lejos de apagar el entusiasmo lo potenció. La espera se transformó en una antesala cargada de expectativa, como si el público supiera que esa demora era apenas un capítulo más dentro de una historia marcada por la resiliencia. Cuando finalmente las puertas se abrieron el 9 de enero, el Anfiteatro José Hernández comenzó a llenarse desde temprano con una marea humana dispuesta a recuperar el tiempo suspendido. Familias enteras, grupos de amigos, turistas y vecinos de toda la región ingresaron con la certeza de estar participando de algo más grande que un espectáculo: estaban siendo parte de un acontecimiento cultural que atraviesa generaciones.
A medida que avanzaba la noche, la convocatoria superó las 26 mil personas. El dato no fue menor: confirmó que, pese a los cambios sociales, culturales y tecnológicos, el vínculo entre Jesús María y su público permanece intacto. La puntualidad en el inicio de las actividades, sumada a la prolijidad organizativa, reforzó la sensación de estar ante una edición especial, cuidada en cada detalle. La emoción, palpable en el ambiente, funcionó como hilo conductor de una velada que prometía ser inolvidable desde su primer minuto.
Exactamente a las 21 horas, el anfiteatro quedó sumido en un silencio respetuoso. Las luces se atenuaron y el murmullo colectivo se apagó casi por completo, dando paso al acto oficial de apertura de la 60ª edición del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María. Fue un momento solemne, pensado para honrar el camino recorrido y reafirmar los valores que sostienen al festival desde sus orígenes. El ingreso de los abanderados, portando las imágenes de la Virgen de Luján y del Cura Brochero, imprimió una fuerte carga simbólica a la escena. La espiritualidad y la tradición se hicieron presentes en un gesto sencillo pero profundamente significativo, que conectó al público con las raíces culturales y religiosas del país.
El silencio de las tribunas contrastó con la magnitud del momento. Miles de personas compartieron ese instante de recogimiento colectivo antes de entregarse a la celebración. La bendición, a cargo del cura párroco Mario Sánchez, aportó palabras simples y sentidas: un pedido por la paz, por el trabajo de quienes hacen posible el festival y por el disfrute pleno de cada jornada. Fue un mensaje que encontró eco inmediato en el público, consciente del esfuerzo comunitario que sostiene al evento año tras año.
Luego llegó una de las voces más emblemáticas del festival. Néstor Ramello tomó el micrófono y su arenga volvió a retumbar en el anfiteatro. El ya clásico “¡Buenas noches, Patria!” no sonó como una fórmula repetida, sino como una afirmación de identidad. Jesús María, una vez más, se presentó como un punto de encuentro federal, donde confluyen provincias, acentos y tradiciones. En el segmento institucional, un video proyectado en pantalla gigante recorrió la historia del festival desde sus primeras ediciones. Las imágenes en blanco y negro, los artistas que marcaron época, el crecimiento del escenario y del público, despertaron aplausos espontáneos y emociones visibles. Para muchos, fue un viaje personal; para otros, una forma de comprender la magnitud de lo que estaban presenciando.
Ese recorrido audiovisual logró unir pasado y presente en un mismo relato, preparando el terreno para el espectáculo inaugural. Bajo el título “Bien Argentino”, el escenario se transformó en una explosión de movimiento, música y color. Un numeroso elenco de bailarines desplegó coreografías que dialogaron entre la tradición folklórica y una puesta contemporánea, logrando una síntesis estética potente y dinámica. El anfiteatro colmado acompañó cada cuadro con atención y aplausos, reconociendo el trabajo artístico y el mensaje de identidad que se proponía desde el escenario.
La propuesta no se limitó al espacio frontal. La intervención aérea del grupo Phaway sumó una dimensión inesperada al espectáculo. Suspendidos desde una grúa, los artistas llevaron la danza al aire, generando una experiencia visual envolvente que capturó la mirada de todo el público. Esa decisión escénica amplió el campo de percepción y reforzó la idea de un festival que se anima a innovar sin perder su esencia.
En el campo de doma, los bailarines interpretaron “Jesús María cantará”, acompañados por las voces de Destino San Javier. Fue uno de los momentos más emotivos de la noche. La canción, convertida ya en un himno no oficial del festival, encontró en esa interpretación una fuerza renovada. El público se sumó de manera espontánea, cantando al unísono y generando una comunión difícil de describir con palabras. Artistas y espectadores quedaron unidos por una misma emoción, por una misma certeza: la de estar celebrando una historia compartida que sigue escribiéndose.
Así, entre recuerdos, homenajes y expresiones artísticas de alto nivel, el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María dio inicio a su 60ª edición. No fue solo una apertura formal, sino una declaración de principios. En cada gesto, en cada canción y en cada aplauso quedó claro que el festival no es únicamente un evento anual, sino un patrimonio vivo, sostenido por la memoria colectiva y por una comunidad que sigue eligiendo reunirse, celebrar y proyectarse hacia el futuro desde el mismo lugar donde todo comenzó.
El Himno y la emoción compartida

Uno de los pasajes más conmovedores de la noche se vivió cuando el Anfiteatro José Hernández se dispuso a escuchar las estrofas del Himno Nacional Argentino. Fue un instante que trascendió lo protocolar para convertirse en un verdadero acto de comunión colectiva. La responsabilidad de interpretar ese símbolo recayó en Jairo, quien, tras haber debido suspender su presentación en la jornada anterior, encontró en este momento una forma profunda y significativa de reencontrarse con el público de Jesús María.
Su versión fue austera, respetuosa y profundamente sentida. Sin artificios ni excesos, la voz del artista se expandió con claridad y emoción por todo el predio, generando un clima de recogimiento pocas veces visto en un festival de estas dimensiones. Miles de personas se pusieron de pie casi de manera automática, muchas llevando la mano al pecho, otras buscando registrar el instante con sus teléfonos, pero todas compartiendo la conciencia de estar participando de algo que iba más allá de un simple espectáculo musical. El silencio respetuoso entre estrofa y estrofa reforzó la intensidad del momento.
En el contexto de un festival que nació con un fuerte espíritu solidario y comunitario, y que a lo largo de seis décadas supo crecer, adaptarse y renovarse sin resignar identidad, la interpretación del Himno adquirió un peso simbólico particular. No fue solo una formalidad institucional, sino una reafirmación de los valores que sostienen a Jesús María como uno de los eventos culturales más importantes del país.
Durante esos minutos, el Himno Nacional funcionó como un puente entre generaciones, historias y territorios. Unió al público en una misma emoción, condensando el sentido de pertenencia, memoria y orgullo que atraviesa al festival. Fue un momento breve en duración, pero profundo en significado, que quedó grabado en la memoria colectiva como una de las postales más intensas de esta edición aniversario.
Los primeros acordes: folklore que se abre al cruce de géneros

Finalizado el acto protocolar, la atención se centró en los artistas, dando inicio a una noche vibrante.
Juan López, presidente de la comisión organizadora, ofreció unas breves palabras antes de que Lautaro Rojas, el primer intérprete en subir al escenario, deleitara al público con su propuesta musical.
Desde el inicio, el salteño evocó las raíces del folklore a través de emotivas zambas y chacareras, animando al auditorio a un aplauso cadencioso y a un zapateo imaginario que resonaba con nostalgia. Su voz, resonante y nítida, capturó rápidamente la atención de los asistentes. Sin embargo, lo que prometía ser una actuación tradicional tuvo un giro inesperado: hacia el final de su set, Rojas interpretó una versión cuartetera de “Adicto a ti”, un guiño a un público diverso que ha presenciado cómo Jesús María ha expandido sus horizontes musicales sin renunciar a su esencia folklórica.
La reacción fue inmediata, desatando palmas y contagiosa energía en el anfiteatro. Este cruce entre la tradición y el ritmo popular continuó con la presentación de Los 4 de Córdoba, un histórico conjunto que ofreció un espectáculo donde sus temas más icónicos se fusionaron con el vibrante pulso del cuarteto.
La participación de artistas como el Negro Videla y el Toro Quevedo aportó mayor intensidad a una propuesta que se convirtió en una auténtica celebración intergeneracional, donde padres, hijos y abuelos bailaban juntos, sin distinciones. En medio de esta atmósfera festiva, también hubo espacio para el reconocimiento; figuras como Víctor Hugo Godoy, Américo “Meco” Albornoz, Héctor “Choya” Pacheco y Lionel Pacheco fueron homenajeados por su invaluable contribución a la historia del festival, recibiendo un aplauso prolongado y lleno de gratitud, símbolo de una herencia musical que perdura y se enriquece con cada nueva generación.
La tradición en el centro de la escena:

Comenzó el Mundial de la Jineteada Mientras el escenario principal vibraba con música y celebración, en el corazón histórico del festival —el campo de doma— comenzó a escribirse otro capítulo fundamental de esta 60ª edición: el Campeonato Internacional de Jineteada, uno de los ejes identitarios que dan sentido al Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María.
El inicio del llamado “Mundial de la Jineteada” estuvo rodeado de desafíos climáticos. Las intensas precipitaciones del jueves, que dejaron un registro cercano a los 110 milímetros, y el fuerte chaparrón que cayó durante la tarde del viernes pusieron a prueba el trabajo realizado durante todo el año en el campo. Sin embargo, la preparación y el esfuerzo del equipo técnico permitieron que las montas se desarrollaran con total normalidad, garantizando condiciones óptimas tanto para los animales como para los jinetes. Lejos de amedrentarse por el contexto, los protagonistas demostraron por qué Jesús María es considerada la catedral de la jineteada. Desde las primeras montas, la destreza, el coraje y la técnica de los jinetes despertaron las primeras grandes ovaciones de un Anfiteatro José Hernández colmado, que acompañó cada desafío con atención y respeto. El silencio expectante antes de cada salida y el estallido de aplausos tras las campanas volvieron a marcar ese ritual único que distingue a este festival de cualquier otro.En esta primera jornada del campeonato, las actuaciones más destacadas se repartieron entre representantes de distintas provincias argentinas y países vecinos, reafirmando el carácter internacional de la competencia. Estas fueron las mejores montas por categoría:
Crina Limpia1
Alex Da Silva Pereyra (Brasil): 12.002.
Matías Morales (Jujuy): 11.663.
Facundo Gauna (Chaco): 11.004.
Mauro Fazi (Córdoba): 10.665.
Ulises Daporta (Entre Ríos): 10.33
Bastos con Encimera1.
Benjamín Costa (San Juan): 13.002.
Emiliano Molina (Neuquén): 12.333.
Ramón Córdoba (Paraguay): 11.994. Alejandro Cruz Ramos (La Pampa): 11.005 Gustavo Silva Romero (Brasil): 9.66
Gurupa Sureña1.
Joaquín Zabala (La Rioja): 13.002.
Hugo Gallegos (Entre Ríos): 12.003.
Aron Tort (Capital Federal): 11.334. Dante Bonetto (San Luis): 11.005.
Néstor Ojeda (Corrientes): 10.00
Además, en lo que respecta al campeonato paralelo “Jinete del Festival”, que distingue la regularidad y el desempeño a lo largo de las noches, la primera jornada dejó un dato particular: la única monta que logró sumar puntos fue la de Brian Gómez, en una noche exigente donde los detalles marcaron la diferencia.Así, entre aplausos, campanas y la tensión propia de cada monta, la jineteada volvió a ocupar su lugar central en Jesús María. En una edición atravesada por la celebración de sus 60 años, el arranque del campeonato confirmó que, más allá de la música y los grandes espectáculos, la doma sigue siendo el corazón simbólico del festival, el espacio donde tradición, esfuerzo y cultura gaucha se manifiestan con mayor fuerza.
Los herederos del canto: El folklore romántico toma la posta

La noche avanzaba y el frío empezaba a sentirse, pero el clima en el anfiteatro seguía en alza. Fue entonces cuando llegó el turno de Franco Favini, Bruno Ragone y Paolo Ragone, quienes, con el legado del histórico Trío San Javier en la piel, se presentaron como “los hombres del festival”. La frase, tomada de una de las canciones emblemáticas del grupo original, funcionó como una declaración de continuidad y pertenencia.
El repertorio incluyó canciones históricas del trío y composiciones que forman parte del cancionero afectivo de varias generaciones.
El folklore romántico se adueñó del escenario, aportando un clima más intimista, sin perder por eso la conexión con el público. Los tres cantantes se mostraron cercanos, atentos a las reacciones de la gente, y en más de una oportunidad se acercaron a las vallas para saludar a sus fans. Ese gesto de cercanía reforzó la idea de un festival que, aun en su magnitud, sigue valorando el contacto directo entre artistas y espectadores. Reconocimientos que cuentan historias.
Antes de que la noche diera un nuevo giro musical, hubo un momento especialmente significativo: Nico Membriani recibió el tradicional “Latido de la Noche” por sus 20 años de presencia en Jesús María. El reconocimiento no fue meramente simbólico. Los locutores recordaron su histórico viaje a caballo desde Buenos Aires hasta Córdoba, una travesía que ya forma parte del anecdotario del festival, y destacaron su rol como voz de las payadas en las jineteadas. El aplauso fue unánime, como suele suceder cuando se homenajea a quienes, desde un lugar quizás menos visible que el escenario principal, sostienen el espíritu del evento.
La cumbia como ritual colectivo

Pasada la medianoche, con el reloj apurando tanto las jineteadas como las presentaciones artísticas, llegó uno de los momentos más esperados: la salida a escena de Los Palmeras. La expectativa no era menor. El año anterior, su paso por Jesús María había estado marcado por la reciente salida de Rubén “Cacho” Deicas, y la respuesta del público ante la nueva etapa del grupo era una incógnita. Esta vez, esa incertidumbre quedó rápidamente despejada.
Desde los primeros acordes, la banda dejó en claro que atraviesa un gran presente. Con su inconfundible cumbia santafesina, lograron que el anfiteatro completo se pusiera a bailar. La lista de temas, que superó los veinte clásicos, funcionó como un viaje por más de cinco décadas de trayectoria. Canción tras canción, el público respondió con entusiasmo, coreando letras que ya forman parte del ADN popular argentino.
Al frente, Pablo López se mostró sólido, carismático y seguro. Su desempeño confirmó que la transición está definitivamente consolidada.
Hubo también un reconocimiento especial por los 53 años de carrera de la banda y por su participación en una edición tan significativa del festival. El gesto fue recibido con emoción, tanto por los músicos como por el público, que entendió ese momento como un puente entre historias: la de un grupo emblemático y la de un festival que celebra seis décadas.
El cuarteto como cierre implacable

Con las brasas encendidas y el ánimo en lo más alto, el cierre quedó en manos de Q’ Lokura. El dúo, integrado por Nico Sattler y el Chino Herrera, fue el encargado de rematar una noche que ya se perfilaba como inolvidable. Su show, caracterizado por una energía arrolladora, no dio respiro. La lista de temas incluyó los éxitos de cuarteto del momento, esos que suenan en cada fiesta y que encuentran en Jesús María un escenario amplificado.
La respuesta del público fue inmediata y masiva. Saltos, baile, celulares en alto y un coro constante acompañaron cada canción. Cuando las luces comenzaron a encenderse y el show llegaba a su fin, la postal era contundente: una multitud feliz, cansada pero sonriente, consciente de haber sido parte de algo especial.
Un cierre extendido al ritmo del DJ

Cuando parecía que la primera noche ya había entregado todos sus momentos memorables, el festival se permitió un epílogo inesperado y contundente. Tras el show arrollador de Q’ Lokura, y cuando buena parte del público comenzaba a retirarse lentamente del Anfiteatro José Hernández, la música volvió a tomar protagonismo con un formato distinto pero igual de convocante: el DJ Fer Palacio fue el encargado de ponerle el broche final a una jornada extensa y vibrante.Con su característico estilo festivo y una selección musical pensada para no dejar caer la energía, Fer Palacio transformó el cierre en una verdadera pista de baile a cielo abierto. Clásicos del pop latino, remixes actuales y hits bailables se mezclaron en un set dinámico que mantuvo al público en movimiento hasta los últimos minutos de la noche. Lejos de ser un simple complemento, su participación funcionó como una prolongación natural del clima de celebración que había dominado toda la jornada.La presencia del DJ también volvió a poner de manifiesto la amplitud de miradas con la que el festival encara esta edición aniversario. Sin perder de vista su raíz folklórica, Jesús María volvió a mostrar que puede dialogar con las nuevas formas de consumo musical y sumar propuestas que interpelen a públicos diversos, especialmente a los más jóvenes, que encontraron en ese cierre una invitación a seguir celebrando.
Así, con un anfiteatro que lentamente se fue vaciando pero con un ánimo intacto, la primera noche del Festival Nacional de Doma y Folklore 2026 terminó de consolidarse como una apertura a la altura de su historia. Desde la solemnidad del acto inaugural hasta el último beat del DJ set, Jesús María dejó en claro que su 60ª edición no sólo mira al pasado con orgullo, sino que también se anima a pensar el futuro desde la diversidad, la música y la fiesta popular.
Más que una noche:El inicio de una edición histórica
La primera jornada de la 60ª edición del Festival Nacional de Doma y Folklore trascendió más allá de una mera sucesión de espectáculos exitosos; se erigió como una profunda reafirmación de Jesús María como un espacio emblemático de encuentro y celebración popular. En este ambiente festivo, géneros como el folklore, el cuarteto y la cumbia coexistieron en perfecta armonía, evidenciando que la identidad cultural no es un concepto fijo, sino un organismo dinámico en constante evolución. En un contexto donde los desafíos climáticos y logísticos marcaron el panorama, el festival volvió a destacar su admirable capacidad de resiliencia: la cancelación de la noche anterior, lejos de desanimar, intensificó el deseo de festejar. El público, con su masiva asistencia, y los artistas, quienes ofrecieron actuaciones memorables, contribuyeron a un evento que mantuvo un vibrante ritmo a lo largo de más de seis horas de programación.
Jesús María latió con fuerza, y ese latido se vivió en cada aplauso, en cada baile improvisado y en cada canción entonada con fervor. La primera noche no solo celebró el legado de seis décadas, sino que sentó las bases para un futuro prometedor, demostrando que estos 60 años son más una plataforma para la proyección que un punto final. Un futuro que, como se evidenció en esta ocasión, tendrá en este festival un espacio donde la tradición se celebra, se debate y se reinventa, siempre mirando hacia el pueblo.
