
La segunda jornada de la 60ª edición del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María se presentó como un verdadero mosaico de emociones, consolidándose como el corazón palpitante de la cultura argentina. Este sábado no se limitó a ofrecer un variado cartel artístico; se convirtió en un vibrante encuentro que fusionó tradición y modernidad, donde la identidad nacional y la expresión artística se entrelazaron en una velada cargada de significado. En este aniversario de diamante, el festival no solo honró su rica historia, sino que demostró una vez más su relevancia actual, convirtiendo la noche en un reflejo del alma colectiva argentina.
Con un clima benévolo que finalmente sonrió después de días de inclemencias y un espacio renovado por el sol, Jesús María mostró su imagen más clásica: tribunas repletas, el campo de doma brillando como un símbolo y un cartel artístico que unió a diferentes generaciones en un solo grito cultural. Desde las primeras luces del ocaso hasta el amanecer, quedó claro que la verdadera esencia del festival radica en su capacidad de conectar las raíces gauchas con un vibrante pulso musical, capaz de atravesar el tiempo y las memorias.
Una tarde que anticipó la fiesta
La apertura de puertas alrededor de las seis de la tarde desató un torrente de vitalidad que se respiraba en el aire. Familias completas, amigos entusiastas y visitantes provenientes de cada rincón del país comenzaban a llenar el Anfiteatro José Hernández y sus alrededores, todos envueltos en el embrujo de la gastronomía local, a la vez que las guitarras sonaban y los bombos marcaban el ritmo que prometía una celebración inolvidable.
El festival, fiel a su esencia, volvió a manifestar su faceta más integral: un escenario no solo de música y jineteada, sino un punto de encuentro cultural y social. Las peñas espontáneas, los bailarines que se adueñaban de cada rincón y el constante fluir de público, crearon desde el principio un ambiente festivo que invitaba a la celebración.
El campo, territorio de respeto y aplausos
El campo de doma capturó las miradas de todos. Las tribunas, cada vez más entusiastas, brindaron aplausos cerrados a cada jinete y guardaron un respetuoso silencio en los momentos de mayor tensión. La destreza de los gauchos se convirtió en el hilo conductor de una jornada que recordó los orígenes del festival, incluso en medio de una propuesta artística cada vez más enriquecedora.
El espectáculo ecuestre “Vientos de chacarera” emergió como una obra que fusionó danza, música y habilidad a caballo, no solo como un mero entreacto, sino como una representación visual del espíritu del festival: tradición en acción, valorada desde una perspectiva moderna.

Nuevas voces, misma raíz
A medida que la tarde se desvanecía en la noche, el escenario Martín Fierro cobraba vida con el ritmo fresco del folklore contemporáneo. Mati Rojas fue uno de los primeros en descender al escenario, llevando una propuesta sensible y arraigada, donde las zambas resonaban junto a su propia voz. La energía dinámica de Sant2, envolviendo al público con el sonido del bandoneón y el bombo, encendió la noche y presentó una visión renovada del folklore. Los Trajinantes, con su carisma natural, establecieron una conexión íntima con el público, descendiendo incluso del escenario para cantar entre la multitud. Estas actuaciones evidenciaron que la juventud del folklore no solo honra la tradición, sino que la revitaliza, manteniéndola viva en un constante vaivén.

El anfiteatro, bullicioso y expectante
Cerca de las 22:00 horas, el Anfiteatro José Hernández se convirtió en un verdadero hervidero: localidades agotadas, accesos congestionados y una atmósfera palpable que prometía un clímax inminente. Una multitud eufórica, compuesta por más de 26,000 almas, se congregó para ser parte de una noche que prometía ser histórica.
La tensión en las gradas se incrementaba a medida que pasaban los minutos; cada movimiento técnico sobre el escenario provocaba vítores y una ebullición colectiva. No había lugar para la pasividad: los cánticos y olas de emoción aumentaban, alimentando la anticipación por el inicio de esta edición del festival, en un momento que se sentía excepcional.

La vigencia de las grandes voces

Foto: Pamela Ramírez
La noche ya había alcanzado ese punto de madurez en el que el festival parece respirar con un ritmo propio cuando llegó uno de los momentos más esperados por el público. No hizo falta demasiada presentación: apenas se insinuó su presencia, el Anfiteatro José Hernández respondió con una ovación inmediata, de esas que nacen antes del primer acorde. La aparición de Los Nocheros no fue solo la llegada de un grupo al escenario; fue el reencuentro con una parte esencial de la historia viva de Jesús María.
Con décadas de trayectoria y un vínculo profundo, casi familiar, con el festival, el conjunto salteño volvió a demostrar por qué ocupa un lugar privilegiado en el corazón del público. Desde los primeros acordes, el anfiteatro se vio envuelto por esas armonías vocales que se reconocen de inmediato, como una marca registrada que atraviesa generaciones. El inicio del repertorio estuvo anclado en el folklore más tradicional, ese que remite a guitarras bien marcadas, letras que hablan de la tierra, del amor y de la memoria. Fue allí donde aparecieron los primeros grandes coros colectivos de la noche, con miles de voces sumándose de manera espontánea, sin necesidad de invitación.
A medida que avanzaba el show, la propuesta fue desplegando matices. Sin perder nunca la raíz, Los Nocheros recorrieron canciones de climas más suaves, melodías que apelan a la emoción y a la nostalgia, construyendo un equilibrio entre la fuerza de lo popular y la intimidad de lo sentido. Cada tema parecía activar un recuerdo distinto en las tribunas: parejas que se abrazaban, grupos de amigos que cantaban con los ojos cerrados, familias enteras compartiendo un momento que, para muchos, se repite año tras año como un ritual.
La respuesta del público fue constante y sostenida. No se trató solo de aplausos o gritos de entusiasmo, sino de una atención plena, de esa escucha comprometida que se da cuando hay historia compartida. El reconocimiento que recibieron Los Nocheros fue, en realidad, una celebración de ese camino recorrido en conjunto: canciones que acompañaron distintas etapas de la vida de quienes estaban allí, encuentros repetidos en el mismo escenario, emociones que se renuevan cada vez que suenan las primeras armonías. En Jesús María, ese vínculo se siente con una intensidad particular, porque el festival no es una parada más en el calendario, sino un espacio de pertenencia.
Cuando el tramo musical llegó a su cierre, el aplauso fue largo, cerrado, agradecido. No hubo sensación de despedida, sino de continuidad, como si esa presencia formara parte natural del pulso de la noche. El anfiteatro quedó vibrando todavía con esas voces que, una vez más, habían sabido encontrar el tono justo entre la tradición y la emoción contemporánea.
Antes de que la velada avanzara hacia su punto culminante, el festival se permitió un gesto que habló mucho de su identidad. Hubo un momento especialmente dedicado a quienes no suelen ocupar el centro de la escena, pero sin los cuales nada de lo que ocurre allí tendría el mismo sentido: los bailarines. Desde el campo hasta las tribunas, desde los escenarios alternativos hasta los pasillos del anfiteatro, ellos son parte esencial de la experiencia, los que traducen la música en movimiento y contagian al público con su energía.
La entrega del reconocimiento “Latido de la noche” fue un instante cargado de simbolismo. No se trató solo de un premio, sino de una forma de poner en palabras —y en gestos— algo que el público de Jesús María entiende de manera natural: que el folklore no se limita a lo que sucede sobre el escenario. En ese reconocimiento estuvieron representados los miles de cuerpos que, a lo largo de la noche, bailan cada chacarera, cada zamba, cada ritmo popular como si fuera propio.
El aplauso que acompañó ese momento fue distinto. Tuvo algo de emoción compartida, de orgullo colectivo. Muchos de los presentes se reconocieron en ese homenaje, porque en Jesús María la danza no es un adorno ni un complemento: es una expresión viva, una forma de estar y de participar. Los bailarines, visibles e invisibles, profesionales y espontáneos, fueron celebrados como lo que son: el pulso que mantiene en movimiento al festival.
Ese pasaje funcionó como una pausa significativa dentro de una noche intensa. Permitió volver a mirar el anfiteatro desde otro ángulo, entender que la verdadera dimensión del evento no se mide solo en números o en nombres propios, sino en la capacidad de generar comunidad. La música convoca, pero es el movimiento compartido, la danza que nace sin coreografía previa, lo que termina de sellar la experiencia.
Con Los Nocheros reafirmando su lugar histórico y con el reconocimiento a quienes sostienen la fiesta desde el cuerpo y el movimiento, la noche terminó de tomar forma. El festival avanzó, una vez más, fiel a su esencia: un espacio donde tradición y presente dialogan, donde los artistas y el público se reconocen mutuamente y donde cada edición vuelve a confirmar que el folklore, en Jesús María, no es solo un género musical, sino una manera de vivir y de encontrarse.
Un velada con grandes éxitos

Pasada la medianoche, cuando el aire empezaba a enfriarse y la jornada parecía haber alcanzado su punto máximo de tensión emocional, el clima en el Anfiteatro José Hernández cambió de manera perceptible. La apertura del campo permitió que una marea de personas avanzara lentamente hacia el escenario, acortando distancias, buscando quedar un poco más cerca de ese lugar donde, en cuestión de minutos, iba a suceder algo largamente esperado. No había apuro desordenado, sino una ansiedad contenida, una expectativa compartida que se percibía en las miradas, en los comentarios en voz baja, en los celulares listos para registrar el instante. Abel Pintos estaba por salir a escena y Jesús María lo sabía.
El primer acorde bastó para confirmar que no sería un show más. El sonido, limpio y envolvente, se expandió con precisión por todo el anfiteatro, mientras las luces dibujaban una atmósfera íntima a pesar de la magnitud del público. Abel apareció con serenidad, consciente del vínculo profundo que lo une con este festival y con su gente. La apertura con “Crónica” marcó el tono del concierto: sensibilidad, respeto por la palabra y una entrega absoluta. Le siguieron “Tu voz” y “Cuántas veces”, canciones que el público recibió como viejas conocidas, coreadas de principio a fin, en una comunión inmediata.
A medida que avanzaba el repertorio, el concierto se transformó en un viaje emocional cuidadosamente construido. “Espejo”, “Quién pudiera” y “Creo en ti” aportaron momentos de introspección, mientras que “Cómo te extraño” y “Aquí te espero” profundizaron ese clima de cercanía, donde cada frase parecía dialogar directamente con las historias personales de quienes escuchaban. No hubo fisuras entre escenario y tribunas: todo funcionó como un mismo pulso.
El segmento que incluyó “El beso / Quisiera” fue uno de los primeros picos de la noche, seguido por un bloque folklórico que reafirmó la raíz del artista y su pertenencia al festival. “Chacarereando” y “Milagro del tiempo”, de Orellana–Lucca, fueron celebradas con palmas y gritos, mientras que “Solo canto por vos” y “Para cantar he nacido” reforzaron el sentido colectivo del canto como expresión identitaria. En ese tramo, el anfiteatro volvió a sonar a peña multitudinaria, con una energía cálida y genuina.
Las versiones de “Una flor y una cruz” y “Gatito del monte” aportaron un aire litoraleño y norteño que conectó con la esencia misma de Jesús María. Pero uno de los momentos más vibrantes llegó con “La de Bermejo”, interpretada junto a invitados y con la participación de Los Nocheros, desatando una ovación que se extendió varios minutos. Fue una postal clara del espíritu del festival: artistas compartiendo escenario, público cantando sin distinción, tradición viva.
El tramo final del show combinó emoción y celebración. “No me olvides”, “Tiempo” y “Once mil” devolvieron un tono íntimo, casi confesional, antes de que “Hielo al vino” y “Aventura” encendieran nuevamente al público. El bloque de cumbias sorprendió y sumó frescura, demostrando la versatilidad del repertorio y la capacidad de Abel Pintos para transitar distintos climas sin perder coherencia. “Camina”, “Pájaro cantor” y “Revolución” consolidaron ese mensaje de movimiento, esperanza y transformación.
Hacia el cierre, “El alcatraz” y “Que me falte todo” encontraron al público completamente entregado, consciente de estar viviendo un concierto extenso, cuidado y profundamente emotivo. Pero aún quedaba más. Los bises fueron recibidos como un regalo adicional: “La llave”, “Motivos” y finalmente “De solo vivir”, que funcionó como una despedida serena, agradecida y luminosa.
Más de dos horas después del inicio, Abel Pintos se retiró del escenario dejando una sensación difícil de describir con exactitud. No fue solo un recital impecable desde lo técnico y artístico, sino una experiencia compartida, un encuentro honesto entre un artista y un público que se reconoce en sus canciones. En una noche extensa y cargada de emociones, su presentación quedó marcada como uno de esos momentos que definen la historia de un festival y permanecen en la memoria colectiva mucho después de que se apaguen las luces.
Hubo un tramo del concierto en el que el tiempo pareció desacelerarse. Después de una sucesión de canciones intensas y de un despliegue técnico impecable, Abel Pintos decidió cambiar el pulso de la noche y llevarla hacia un territorio más íntimo. Sin anuncios grandilocuentes ni artificios, tomó la guitarra, se acercó al centro del escenario y, casi como quien se sienta a compartir una ronda, invitó al público a escucharlo desde otro lugar. Fue allí donde el anfiteatro dejó de ser una multitud para transformarse en un espacio de cercanía y complicidad.
El regreso a las raíces folklóricas se dio de manera natural. Las zambas y chacareras aparecieron despojadas, sostenidas por arreglos sencillos y por una interpretación que priorizó la emoción por sobre el impacto. Pintos convocó a otros músicos a sumarse, generando un clima de camaradería que se transmitió de inmediato a las tribunas. No había protagonismos individuales ni gestos exagerados: todo giró en torno al encuentro, al acto compartido de hacer música.
Durante esos minutos, el silencio fue tan elocuente como las canciones. El público acompañó con una atención respetuosa, consciente de estar presenciando algo que no se repite de la misma manera dos veces. Cada rasgueo, cada pausa y cada mirada entre los músicos fue seguida con una concentración poco habitual en eventos de esta magnitud. Cuando las canciones llegaron a su fin, el anfiteatro respondió con aplausos largos y sinceros, más cercanos a un agradecimiento que a una ovación automática.
Ese pasaje íntimo dejó una huella profunda en la noche. No fue el momento más ruidoso ni el más espectacular del concierto, pero sí uno de los más verdaderos. En medio de un festival multitudinario, Abel Pintos logró construir un espacio de humanidad compartida, recordando que, más allá de la puesta en escena y de los grandes escenarios, la música sigue siendo un puente directo entre las personas.
Cuando el show se volvió fogón

Uno de los momentos más celebrados llegó cuando el concierto cambió de tono y se volvió íntimo. Guitarra en mano, el artista regresó a sus raíces folklóricas y transformó el escenario en una peña improvisada. La invitación a otros músicos como Los Nocheros, Matias Rojas, Orellana Luca y Daniel Cuevas generó un clima de camaradería que atravesó al público de manera directa.
Zambas, chacareras y canciones emblemáticas del cancionero popular sonaron en versiones despojadas, donde lo central fue el encuentro. El anfiteatro, en silencio primero y en aplauso después, acompañó cada gesto, consciente de estar presenciando un momento genuino y difícil de repetir.
Ese segmento funcionó como un recordatorio potente: más allá de las grandes producciones, el folklore sigue siendo, ante todo, una música de cercanía.
El regreso a los himnos populares
Tras el tramo más ligado a la raíz folklórica, el concierto volvió a tomar impulso y se encaminó hacia ese territorio donde habitan los himnos populares, las canciones que el público reconoce desde el primer acorde y que forman parte de una memoria compartida. El cambio de clima fue inmediato. El anfiteatro, que minutos antes había permanecido en un silencio atento, se puso de pie casi de manera natural, como respondiendo a una señal tácita. Las voces comenzaron a multiplicarse y cada estribillo fue asumido como propio por miles de personas que ya no necesitaban guía para cantar.
En ese pasaje, la energía colectiva alcanzó uno de sus puntos más altos. No se trató solo de entusiasmo, sino de una comunión clara entre artista y público, construida sobre canciones que acompañaron distintas etapas de la vida de quienes estaban allí. Hubo miradas cómplices, abrazos, celulares en alto y una sensación generalizada de celebración compartida. Cada tema fue recibido como una confirmación de ese vínculo sólido que se renueva en cada encuentro y que explica por qué ciertas canciones trascienden el tiempo y el contexto.
El artista administró ese clima con inteligencia y sensibilidad, sin caer en exageraciones ni forzar momentos. Dejó que las canciones respiraran y que el público completara el sentido, transformando el anfiteatro en un coro gigante que se sostuvo de principio a fin. La emoción no estuvo en el volumen ni en el impacto visual, sino en esa entrega genuina que se produce cuando todos saben que están viviendo algo irrepetible.
El cierre llegó con la misma precisión que había marcado el resto del concierto. No hubo apuro ni artificio, solo la sensación clara de haber atravesado un recorrido completo: desde la intimidad inicial hasta la celebración masiva, desde la escucha atenta hasta el canto colectivo. El aplauso final, largo y sostenido, selló ese trayecto compartido y dejó en el aire la certeza de haber sido parte de un momento que perdurará en la memoria del festival.
Cuarteto para despedir la madrugada
Lejos de apagarse, la noche encontró un nuevo impulso con la salida a escena de Los Herrera, encargados de ponerle ritmo y baile al final de la jornada. El cambio de clima fue inmediato: el anfiteatro se transformó en una pista colectiva y el cuarteto tomó el control de la madrugada.
El repertorio, extenso y dinámico, mantuvo la energía en lo más alto y sumó invitados que aportaron matices folklóricos a la propuesta. Hubo también un momento de recogimiento, cuando una canción sonó a modo de homenaje, recordando que la música popular también es memoria y afecto.
El cierre, con uno de los temas más celebrados del género en el último tiempo, selló una noche intensa y diversa.
Una noche que explica al festival

La segunda jornada del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María fue mucho más que una fecha dentro del calendario. Funcionó como una síntesis perfecta de lo que este evento representa: tradición viva, renovación constante y una comunidad que se reconoce en la música y en el encuentro.
Con entradas agotadas, artistas consagrados, nuevas voces y un público protagonista, el sábado dejó una marca profunda en esta edición aniversario. Jesús María volvió a demostrar que su fuerza no está solo en los nombres de la grilla, sino en la experiencia compartida de miles de personas que, año tras año, hacen del folklore una celebración colectiva.
En el norte cordobés, el festival siguió escribiendo su historia. Y la segunda noche fue, sin dudas, uno de esos capítulos que se recuerdan por mucho tiempo.