El Rugido del Monte en la Piel del Festival

En el Festival de Jesús María, hay noches en las que no solo se escucha música, sino que se siente una atmósfera especial, casi mágica. En la tercera jornada de esta edición conmemorativa, el objetivo no fue reventar las taquillas ni llenar el recinto hasta el último rincón, sino alcanzar una conexión genuina con todos los presentes. Bajo un cielo de intenso negro, tras una calurosa tarde en la que el sol de Córdoba punzaba con fuerza, el Anfiteatro José Hernández se convirtió en un inmenso patio donde el folklore, con su autenticidad, volvió a reivindicar su lugar privilegiado.
Desde tempranas horas del día, el ambiente en los alrededores del festival se tornaba denso y pesado. A pesar de las altas temperaturas que hacían sudar a cualquiera, quienes asistían permanecían serenos. Con mates amargos entre manos y bajo la sombra de sombreros, los espectadores se movían con la calma de quien vive un día festivo. En Jesús María, el tiempo no corre; cada momento se vive intensamente, y la jornada se mide en aplausos y celebraciones, no en el tic-tac de los relojes.
Dos nuevos líderes tras una jornada clave en el campo
La actividad de jineteada del domingo no solo se destacó por su extensión y nivel, sino también por los movimientos que provocó en las tablas generales. Fue la tarde con mayor cantidad de montas en lo que va del festival y, una vez conocidos los puntajes, el balance dejó cambios significativos en dos de las tres categorías principales, reconfigurando el mapa de candidatos rumbo a las jornadas decisivas.
En Gurupa Sureña, la atención se centró en la actuación de Dante Bonetto. El jinete puntano logró una monta sólida que le permitió sumar lo necesario para saltar a lo más alto del acumulado. Su rendimiento fue suficiente para desplazar al hasta entonces líder, Aron Tort, quien no logró completar su presentación. Con este resultado, Bonetto —que ya había sido protagonista en ediciones recientes— pasó a comandar la categoría con una ventaja mínima sobre el brasileño Giovane De Mello, en una definición que promete mantenerse abierta hasta el final.
También hubo novedades en Crina Limpia, donde Ulises Daporta aprovechó una jornada irregular de quienes lo precedían en la tabla. El entrerriano, que había comenzado el día fuera del podio, capitalizó la falta de puntos de los tres primeros y se convirtió en el nuevo líder del acumulado. Su regularidad fue clave para escalar posiciones en una categoría que se muestra particularmente pareja y cambiante.
En contraste, Bastos con Encimera mantuvo a su referente en la cima. Emiliano Molina continúa liderando la tabla general, aunque la diferencia que lo separa de sus perseguidores se redujo considerablemente. Benjamín Costa recortó casi tres puntos y quedó a una distancia mínima, lo que agrega tensión a una categoría que hasta ahora parecía más definida.
Acumulados tras la tercera jornada de jineteada
Crina Limpia
- Ulises Daporta (Entre Ríos): 31.99
- Agustín Miraballes (Uruguay): 26.33
- Axel Sandovares (San Juan): 25.00
- Roberto Marelli (Santa Fe): 24.32
- Facundo Agüero (La Rioja): 21.66
Gurupa Sureña
- Dante Bonetto (San Luis): 28.99
- Giovane De Mello (Brasil): 28.65
- Mauro Cejas (Salta): 28.00
- Carlos Benia Miranda (Uruguay): 26.99
- Javier Díaz (Buenos Aires): 26.32
Bastos con Encimera
- Emiliano Molina (Neuquén): 32.66
- Benjamín Costa (San Juan): 31.00
- Alejandro Cruz Ramos (La Pampa): 28.00
- Jonatan Ojeda (Mendoza): 27.98
- Franco Fontanería (Chaco): 26.99
El calor que forja el temple
En el escenario, el concurso “Color y Coraje” brindó un espectáculo impresionante. Cada jinete, al enfrentarse a este desafío, se entregaba por completo, convirtiendo cada monta en una danza llena de esfuerzo y destreza. El público, al reconocer el esfuerzo insigne de cada participante, respondía con vítores y aplausos, entendiendo que en ese lugar se encuentra la verdadera esencia de la celebración.
La frescura de Campedrinos y el huracán uruguayo

La noche comenzó a tomar forma desde temprano, y el primer pulso musical del escenario Martín Fierro tuvo el sello inconfundible de la juventud. Campedrinos fueron los encargados de abrir el juego artístico, asumiendo con naturalidad la tarea de marcar el clima inicial de una jornada que prometía intensidad. No se trató solo de cumplir con un horario: el dúo entendió que encender el aire festivo es también una responsabilidad, y respondió con energía y convicción.
Desde los primeros acordes, su propuesta se desplegó con frescura. La conexión con el público fue inmediata y evidente. Las tribunas, aún acomodándose para una noche larga, comenzaron a acompañar con palmas y voces, coreando canciones que ya forman parte del repertorio popular. Esa respuesta espontánea funcionó como una señal clara: el folklore sigue encontrando nuevas formas de decirse, y nuevas voces capaces de sostenerlo en el tiempo.
Campedrinos no buscaron imponerse desde la estridencia, sino desde la cercanía. Cada interpretación estuvo atravesada por una alegría visible, por el disfrute de estar allí, en uno de los escenarios más emblemáticos del país. El intercambio con la gente fue constante, sincero, sin discursos ensayados ni gestos calculados. Esa autenticidad terminó de consolidar el clima festivo que la noche necesitaba para despegar.
El momento más emotivo llegó con el reconocimiento del festival. Al recibirlo, los gestos hablaron por sí solos: miradas brillantes, silencios breves y una emoción difícil de disimular. No hubo palabras grandilocuentes, pero sí un agradecimiento profundo, nacido de la conciencia del lugar que ocupaban. Ese instante, íntimo y compartido, selló una apertura cargada de sentido, confirmando que el folklore tiene presente, futuro y una generación dispuesta a honrarlo desde el escenario.

Hubo instantes a lo largo de la noche que sorprendieron por su intensidad, pero ninguno alteró el clima general del festival como lo hizo el estreno de Lucas Sugo en el escenario de Jesús María. No fue una participación más dentro de la programación, sino una irrupción que desacomodó prejuicios y amplió horizontes. El artista uruguayo no llegó con la actitud de quien viene a cumplir un compromiso: pisó el escenario con la convicción de quien entiende que está frente a una oportunidad decisiva.
Desde su primera aparición, quedó claro que su propuesta no iba a pasar inadvertida. Con una sensibilidad afinada y una forma de decir que apela a lo emocional sin artificios, Sugo logró conectar incluso con los sectores más apegados a la tradición. Su música, lejos de confrontar con la identidad del festival, encontró un punto de diálogo genuino, tendiendo un puente simbólico entre orillas que comparten más de lo que suelen admitir.
Cuando comenzaron a sonar los primeros acordes, el anfiteatro respondió de inmediato. La cumbia romántica, atravesada por la cadencia inconfundible del candombe, se expandió como una corriente cálida que envolvió al público. Las diferencias generacionales y estéticas se diluyeron en cuestión de minutos. El espacio, acostumbrado a la solemnidad del folklore y la doma, se transformó en una pista colectiva donde el movimiento fue espontáneo y compartido.
Las pantallas gigantes captaron una imagen elocuente: miles de manos levantadas, rostros sonrientes y miradas cómplices. No hubo resistencia ni distancia. El público aceptó la invitación y se dejó llevar por un repertorio que habla de emociones simples y universales, interpretadas con honestidad. Sugo, atento a cada reacción, devolvió esa energía con gestos medidos y palabras justas, sin caer en la exageración.
El momento más emotivo llegó cuando, visiblemente conmovido, agradeció al público argentino por la recepción. Su voz, levemente quebrada, transmitió algo más que gratitud: expresó el reconocimiento de un abrazo sincero. Esa frase, pronunciada sin cálculo, selló un vínculo que ya estaba construido en el intercambio musical. El anfiteatro respondió con una ovación prolongada, como confirmando que el lazo había sido aceptado de ambos lados.
Lo ocurrido no fue solo un debut exitoso. Fue un verdadero rito de iniciación, un bautismo escénico que marcó un antes y un después. Lucas Sugo se retiró del escenario dejando la sensación de haber abierto una nueva puerta dentro del festival, ampliando su mapa sonoro sin traicionar su esencia. Jesús María, una vez más, demostró que su grandeza reside en la capacidad de abrazar lo nuevo cuando llega con respeto y verdad.
El ritual sagrado de los quinientos caballos
Cerca de las diez de la noche, el festival ingresó en uno de sus momentos más profundos y significativos. El ritmo general se aquietó y el predio entero pareció contener la respiración para dar paso al rito mayor: la presentación de las tropillas entabladas. Más de quinientos caballos irrumpieron en el campo en un despliegue imponente, galopando libres, atentos al sonido que los convoca, construyendo una escena que conmueve hasta al espectador más experimentado.
La intervención de la Banda Militar elevó aún más la solemnidad del instante. La Marcha de San Lorenzo resonó con precisión y respeto, envolviendo al público en un silencio cargado de emoción. Entre acordes solemnes y relinchos que cortaban el aire, el festival trascendió lo artístico. Allí, Jesús María dejó de ser solo música y tradición para convertirse en un símbolo vivo de identidad nacional, un orgullo compartido que se siente en el pecho y permanece mucho después de que la noche continúa.
La mística del Norte: Piko Frank y Lázaro Caballero

Pasada la medianoche, cuando el festival ya había atravesado su arco más intenso y la noche se volvía espesa y silenciosa en los márgenes, el escenario encontró un nuevo pulso. Fue entonces cuando la identidad del Norte argentino se manifestó sin rodeos, con la fuerza serena de lo auténtico. La llegada de Piko Frank no necesitó anuncios grandilocuentes: su sola presencia bastó para impregnar el aire con el espíritu de su tierra.
Desde la primera interpretación, su voz profunda y cargada de matices recorrió el predio como una corriente emocional. No hubo artificios ni excesos; cada canción pareció nacida del paisaje que representa, trayendo consigo historias de origen, memoria y pertenencia. El público, atento y respetuoso, acompañó ese clima con un silencio elocuente, interrumpido apenas por aplausos sinceros.
El momento más conmovedor llegó de manera inesperada, cuando un niño subió al escenario para compartir una canción junto a él. La escena, simple y poderosa, condensó el sentido más profundo del festival: la transmisión viva de una herencia cultural. La ovación que siguió no fue solo para el gesto, sino para lo que simbolizaba. En ese aplauso colectivo quedó sellada la certeza de que las raíces, cuando son verdaderas, no se pierden con el tiempo.

La noche ya había alcanzado su punto más profundo cuando el Festival volvió a cambiar de piel. Después de horas de música, tradición y respeto por el ritual de la doma, el campo parecía prepararse para un último latido, ese instante en el que todo lo vivido encuentra sentido. Fue entonces cuando la escena se transformó y el pulso de la “raíz encendida” terminó de afirmarse con una presencia que hoy es sinónimo de celebración popular: Lázaro Caballero.
El formoseño subió al escenario con la naturalidad de quien sabe que ese espacio le pertenece, no por imposición, sino por comunión. Su figura, recortada por las luces, despertó una reacción inmediata en el público, que respondió con una ovación sostenida, consciente de que estaba por presenciar uno de los momentos más intensos de la noche. El reconocimiento recibido —el premio “Latido de la Noche”— no fue un gesto simbólico, sino la confirmación de un vínculo profundo entre el artista y la esencia del festival.
Desde los primeros acordes, la música dejó de ser solo sonido para convertirse en movimiento. Chacareras y chamamés comenzaron a brotar con una fuerza arrolladora, y el campo de doma, hasta entonces territorio de jineteadas y silencios atentos, se transformó en una gran pista abierta. Las parejas se multiplicaron casi sin darse cuenta, como si el cuerpo respondiera antes que la razón. El suelo, seco por el paso del día, se levantó bajo las botas marcando cada giro, cada zapateo, creando una nube de polvo que flotaba iluminada por los reflectores.
Ese polvo suspendido le dio a la escena un carácter casi irreal. La imagen era potente: cuerpos en movimiento, música ancestral y una bruma que parecía envolverlo todo, como si el tiempo se hubiera corrido a un costado para permitir que la tradición hablara sin intermediarios. No había espectadores pasivos; todos eran parte de la misma ceremonia. El canto de Lázaro Caballero, firme y terrenal, guiaba ese ritual colectivo con la autoridad de quien conoce el peso de cada palabra.
El tramo final de su presentación elevó aún más la intensidad cuando Christian Herrera se sumó al escenario. El encuentro no fue un simple cierre compartido, sino un diálogo entre dos voces que representan al norte argentino en su estado más puro. Juntos, construyeron un momento de esos que quedan grabados en la memoria del festival: canciones que hablan de travesías largas, de caminos polvorientos y de montes cerrados, interpretadas con una honestidad que traspasó el escenario.
El público respondió con emoción visible. Los aplausos se mezclaron con cantos espontáneos y miradas cómplices. No hacía falta decir nada: el clímax estaba allí, vivo, tangible. Cuando las últimas notas se apagaron, quedó la sensación de haber sido testigos de un punto alto, de esos que justifican toda una noche de espera. Jesús María volvió a confirmar que su raíz sigue encendida, latiendo fuerte en cada encuentro verdadero.
Reflexión, compromiso y el baile final

Christian Herrera no solo trajo música, sino también un mensaje necesario. Su set, cargado de una profundidad casi religiosa, incluyó a niños en escena, simbolizando la siembra de nuestra cultura. Antes de despedirse, Herrera compartió unas palabras de reflexión social que fueron recibidas con un silencio respetuoso, demostrando que el artista también es la voz de su pueblo.
La noche cayó lentamente sobre Jesús María como si también quisiera tomarse su tiempo. El cielo, aún tibio después de una jornada extensa, conservaba ese tono profundo que solo aparece en los grandes encuentros populares, cuando la espera se vuelve parte del ritual. El aire estaba cargado de conversaciones superpuestas, del murmullo constante de miles de personas que, pese al cansancio acumulado de varias horas de festival, se negaban a retirarse. Algo flotaba en el ambiente: la certeza de que todavía faltaba un momento decisivo, uno de esos instantes que justifican el viaje, la espera y la vigilia.
Magui Olave trajo el calor del cuarteto cordobés.

Desde el primer instante, su presencia se sintió cercana, casi íntima, aun frente a una multitud que colmaba cada rincón del predio. No hubo gestos exagerados ni artificios innecesarios. Bastó su voz —plena, firme, reconocible desde la primera estrofa— para que el clima cambiara. Allí donde el cansancio amenazaba con ganar terreno, apareció la alegría franca, esa que no se impone sino que se contagia. Y el público respondió de inmediato, con atención, con respeto y con una entrega que se sostuvo hasta el último acorde.
Maggie Olave, reconocida desde hace años como una de las voces femeninas más representativas del cuarteto, demostró una vez más por qué su figura trasciende etiquetas. Su actuación en Jesús María no fue solo un recorrido por canciones conocidas, sino una construcción narrativa pensada para el espacio y el momento. Cada tema pareció dialogar con el entorno, con la historia del festival y con la sensibilidad de una audiencia que, noche tras noche, vuelve a elegir este encuentro como un ritual identitario.
Mientras sonaban las primeras canciones, el anfiteatro se convirtió en un solo cuerpo. Nadie miraba el reloj. Nadie pensaba en la salida. Las tribunas, los pasillos y hasta los espacios más alejados del escenario mantuvieron una atención sostenida, casi reverencial. Había algo más profundo que el simple disfrute musical: se percibía la conciencia de estar siendo parte de un momento compartido, de esos que no se repiten de la misma manera.
El Festival de Jesús María, que en 2026 alcanza seis décadas de historia, volvió a demostrar en esta tercera noche que su verdadera grandeza no reside únicamente en la magnitud de su convocatoria ni en la espectacularidad de su infraestructura. Su fortaleza está en la coherencia con su espíritu fundacional, en ese delicado equilibrio entre tradición y presente. Y esa noche fue una confirmación contundente: no hacen falta fuegos artificiales para conmover cuando la música se canta con verdad.
A lo largo de la velada, la doma continuó marcando el pulso del campo, recordando que este festival no es solo un escenario musical, sino un homenaje permanente a los hombres y mujeres que mantienen viva la tradición criolla. Cada salida al campo fue acompañada por un silencio respetuoso, por aplausos sinceros y por una atención que habla de un público que entiende y valora lo que ve. Ese respeto, tan característico de Jesús María, fue también parte del clima que envolvió la noche.
En ese marco, la actuación de Olave se integró con naturalidad. No hubo quiebres ni contrastes forzados. Su voz se deslizó entre el folklore y el pulso popular, generando un puente sonoro que unió generaciones. Jóvenes y adultos compartieron la misma emoción, cantaron los mismos estribillos y celebraron una propuesta que no buscó imponerse, sino encontrarse con el público desde un lugar honesto.
El tiempo, que suele volverse implacable en festivales extensos, pareció detenerse. La noche avanzaba, pero nadie parecía notarlo. Las luces del escenario recortaban la figura de la artista contra la oscuridad, mientras el anfiteatro seguía latiendo al ritmo de cada canción. Afuera, el clima era amable, con una brisa leve que refrescaba sin interrumpir. Adentro, la temperatura emocional estaba en su punto más alto.
Cuando el show se acercaba a su tramo final, lejos de aparecer señales de agotamiento, el público redobló la entrega. Los aplausos se hicieron más largos, las ovaciones más intensas. Maggie Olave respondió con la misma generosidad, sosteniendo la energía hasta el último momento, como si también ella se negara a cerrar ese capítulo. La última canción no fue un cierre abrupto, sino una despedida pausada, de esas que dejan eco.
Y ese eco quedó flotando en el aire de Jesús María cuando las luces comenzaron a apagarse. No fue un silencio vacío, sino uno cargado de sensaciones, de emociones compartidas, de la satisfacción profunda que solo dejan las experiencias auténticas. La gente empezó a retirarse lentamente, con esa calma que aparece cuando se sabe que lo vivido valió la pena.
La tercera noche del Festival de Jesús María 2026 quedará en la memoria no por un exceso de estímulos, sino por la confirmación de su esencia. Fue una noche que reafirmó que, después de sesenta años, este encuentro sigue siendo un faro cultural para la región y para el país. Un espacio donde la música, la tradición y el respeto conviven sin estridencias, sostenidos por un público que entiende que la verdadera emoción no siempre grita: a veces canta, claro y profundo, hasta perderse suavemente en el aire.