Música, emoción, memoria y futuro en una jornada que condensó el espíritu del festival

Sesenta años latiendo en una misma noche
El Festival de Jesús María cerró su edición aniversario con una jornada extensa, emotiva y multitudinaria, donde la música, la tradición y la memoria colectiva se abrazaron hasta el amanecer.
El domingo que empezó temprano y terminó cuando el cielo ya clareaba
El último domingo del Festival Nacional de Doma y Folklore no fue una despedida apurada ni un trámite formal. Fue una jornada larga, intensa, cargada de simbolismos, como si el propio festival se resistiera a cerrar el telón de su 60ª edición. Desde las primeras horas de la tarde, el movimiento en los alrededores del predio anticipaba que no sería una noche más. Familias completas, grupos de amigos, delegaciones de distintas provincias y visitantes que habían llegado desde lejos comenzaron a ocupar los accesos, mate en mano, con ese ritual silencioso que solo se repite en las noches grandes de Jesús María.
El clima acompañó. Tras jornadas marcadas por el calor extremo y otras por la amenaza persistente de la lluvia, el domingo ofreció una tregua amable. El aire estaba tibio, el cielo despejado y una brisa leve recorría el Anfiteatro José Hernández mientras las tribunas empezaban a poblarse. No había ansiedad, sino una calma expectante. Era la sensación de estar por vivir algo que merecía ser disfrutado sin apuros, sabiendo que se trataba del último capítulo de una historia que había durado más de diez noches, pero también seis décadas.
Con más de 27 mil personas dentro del predio, el anfiteatro volvió a mostrar su capacidad de convocatoria en una edición especial. No solo se cerraba un festival: se celebraban sesenta años de identidad, de música, de jineteada, de encuentros repetidos generación tras generación. Y esa conciencia colectiva flotaba en el ambiente desde antes de que se encendieran las luces del escenario.
Tradición en movimiento: el Ballet Martín Fierro abre la noche
La apertura artística estuvo a cargo del Ballet Martín Fierro, y no fue una elección casual. En una noche atravesada por la memoria y el homenaje, el cuerpo de baile representó, desde el primer cuadro, la síntesis de lo que Jesús María significa. El despliegue escénico fue amplio, cuidado, con una puesta que combinó precisión técnica y emoción genuina.
Cada coreografía dialogó con el espíritu del festival: la tierra, el caballo, el trabajo rural, la fiesta compartida. Los movimientos se sucedieron con fluidez, acompañados por una musicalización que reforzaba la identidad folklórica del encuentro. El público respondió con respeto y aplausos sostenidos, entendiendo que ese inicio no era solo un espectáculo, sino una declaración de principios.
Fue un comienzo solemne, pero no rígido. Un inicio que marcó el tono de una noche pensada para honrar el pasado sin dejar de mirar hacia adelante.
Flor Paz y la cercanía de una voz que abraza

Luego del despliegue inicial, el escenario recibió a Flor Paz, quien aportó un cambio de clima necesario. Su propuesta, sensible y cercana, encontró un anfiteatro dispuesto a escuchar. Con una voz que combina dulzura y firmeza, Flor construyó un repertorio que transitó entre el folklore tradicional y composiciones más contemporáneas, siempre sostenida en la interpretación.
No hubo estridencias ni artificios. Cada canción se apoyó en la emoción y en el vínculo directo con el público. Desde las tribunas, la respuesta fue cálida, atenta, con aplausos que crecían al final de cada tema. Fue uno de esos momentos donde el festival baja un cambio, sin perder intensidad, y permite que la música respire.
En una noche larga, su actuación funcionó como un puente: conectó la solemnidad del inicio con la fiesta que vendría después.
Coplanacu y la alegría compartida

Si hubo un punto donde la noche empezó a tomar un pulso decididamente festivo, fue con la llegada del Dúo Coplanacu. Dueños de una relación histórica con Jesús María, los santiagueños subieron al escenario con la naturalidad de quien vuelve a un lugar conocido. Desde los primeros acordes, el anfiteatro respondió como solo responde cuando reconoce canciones que forman parte de su propia banda sonora.
El recorrido por los clásicos de su repertorio fue acompañado de palmas, coros y sonrisas. Coplanacu no necesita presentación ni grandes discursos: su fuerza está en la cercanía, en la complicidad que se genera canción tras canción. El diálogo con el público fue permanente, sin distancia, con esa sensación de peña multitudinaria que transforma al anfiteatro en un espacio común.
Fue uno de los momentos más celebrados de la noche, no solo por la música, sino por lo que representa: la confirmación de un vínculo que se sostiene intacto con el paso del tiempo.
Reconocimientos y emoción: el festival se mira a sí mismo
Uno de los pasajes centrales de la jornada fue la entrega de premios correspondientes a la 60ª edición del Festival. El clima cambió. La música dio paso a la solemnidad y al reconocimiento, y el campo volvió a ocupar el centro simbólico del encuentro.
Se distinguió a los campeones del Campeonato Internacional de Jineteada, en una ceremonia que reunió aplausos, emoción contenida y gestos de orgullo. En Crina Limpia, el título quedó en manos del uruguayo Agustín Miraballes Oyambure, quien celebró su consagración en su primera participación en Jesús María. En Gurupa Sureña, el campeón fue Alfredo Ernesto Ramos, representante local, reafirmando una dinastía que ya es parte de la historia del festival. En Bastos con Encimera, el sanjuanino Benjamín Javier Costa se consagró campeón, coronando una edición marcada por la paridad y el suspenso.
Además de los primeros puestos, se entregaron premios del segundo al quinto lugar en cada categoría, con representantes de Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, reflejando el carácter internacional que el certamen fue construyendo a lo largo de los años.
Las distinciones especiales también ocuparon un lugar destacado. Gustavo Emiliano Gardiner fue reconocido como Jinete del Festival, mientras que “El Vasco” fue elegido Mejor Caballo del Festival y “Mosquita” como Mejor Caballo inscripto en la Asociación. Se premiaron, además, a las seis mejores tropillas de la edición, entre ellas La Pumita, Los Orientales y La Flor del Pago, entre otras.
Fue un momento de respeto profundo, donde el aplauso tuvo un tono distinto. No fue euforia, fue reconocimiento. El festival, en su cumpleaños número sesenta, se permitió mirarse a sí mismo y agradecer a quienes sostienen su corazón año tras año.
El cielo como escenario: el impacto visual de Paway
Cerca de la medianoche, cuando la noche ya estaba bien avanzada y el cansancio comenzaba a sentirse, el festival volvió a sorprender con una propuesta inesperada. El show aéreo de Paway irrumpió en el cielo del anfiteatro, ofreciendo un espectáculo visual que capturó la atención de todos.
La combinación de acrobacias, iluminación y música transformó el espacio aéreo en un nuevo escenario. Miradas hacia arriba, silencio respetuoso y aplausos espontáneos acompañaron una intervención que aportó un clima distinto, casi onírico, a la programación.
Fue un momento breve pero impactante, una pausa poética antes de que la música retomara el protagonismo absoluto de la madrugada.
Raly Barrionuevo y la palabra que cala hondo

Ya entrada la madrugada, Raly Barrionuevo subió al escenario y el clima volvió a transformarse. Su propuesta, siempre profunda y comprometida, encontró un público dispuesto a escuchar incluso a esa hora. Raly no ofreció un show liviano: construyó un recorrido emocional, sostenido en canciones emblemáticas de su carrera y en una interpretación que interpela.
Cada tema fue recibido con atención, con silencio respetuoso y aplausos largos. No hubo distancia entre el artista y el público. Raly habló, cantó y se expresó desde un lugar cercano, generando uno de los momentos más introspectivos de la noche.
En medio de una jornada marcada por la celebración, su presentación aportó profundidad y reflexión, recordando que el folklore también es palabra, memoria y resistencia.
Los Manseros Santiagueños: la historia viva del festival

Si hubo un momento donde la emoción se volvió colectiva y tangible, fue con la llegada de Los Manseros Santiagueños. Referentes indiscutidos del folklore argentino, volvieron a dejar su sello en el escenario de Jesús María con un repertorio extenso y cargado de historia.
Canciones como Himno, Sinfonía Silvestre, Sacha chango, Piel chaqueña, Chacarera para mi vuelta, Canto al monte quemado, Cruzando el Dulce, Añoranzas, Puente Carretero y Entra a mi hogar fueron desfilando una tras otra, generando un clima de profunda comunión.
El público acompañó cada interpretación con respeto, emoción y aplausos que parecían no terminar nunca. Fue uno de esos momentos donde el tiempo se detiene, donde la música se convierte en memoria compartida y el festival encuentra su sentido más profundo.
Juventud y energía para no bajar la intensidad

Cuando la madrugada ya avanzaba y el cielo comenzaba a insinuar un nuevo día, el cierre artístico quedó en manos de Simón Aguirre y de Desakat2. Lejos de bajar la intensidad, la propuesta joven aportó energía renovada, manteniendo al público de pie y activo.
Desakat2 imprimió toda su fuerza musical con un repertorio intenso, festivo, integrado por canciones propias y versiones que encendieron al anfiteatro. Hubo baile, coros y una respuesta sostenida que demostró que, incluso después de más de diez horas de programación, el festival seguía vivo.
Fue un cierre acorde a la magnitud de la noche: sin solemnidad excesiva, pero con la certeza de haber atravesado una jornada inolvidable.
Un adiós que no fue despedida
Cuando las luces comenzaron a apagarse y el predio empezó a vaciarse lentamente, el cielo ya clareaba. El cansancio era visible, pero también lo era la satisfacción. No se trató solo del final de una edición, sino del cierre de un capítulo especial: sesenta años de un festival que sigue encontrando formas de renovarse sin perder su esencia.
El último domingo de Jesús María fue una síntesis perfecta de lo que el festival representa. Música, danza, jineteada, reconocimiento, emoción, juventud y memoria convivieron en una misma noche. Una noche larga, intensa, vivida sin apuros, como corresponde a los cumpleaños importantes.
Jesús María cerró su 60ª edición sin estridencias, pero con profundidad. Y mientras el predio recuperaba el silencio, quedó flotando una certeza compartida: el festival no terminó, solo volvió a guardarse en la memoria colectiva, listo para volver a latir el próximo verano.
La noche 10: chayera y cuartetera
La noche 10 del Festival Nacional de Folklore de Jesús María, reprogramada por condiciones climáticas adversas, se festejara hoy Lunes con una extensa y potente grilla artística que comenzará a las 19:00 con la musicalización de DJ Fede Flores. A lo largo de la velada se presentarán Gualicho, Carafea e Indio Lucio Rojas, combinando folklore joven y raíz tradicional, además de espacios audiovisuales y sets de DJ que marcarán el ritmo entre shows. El tramo central tendrá como protagonistas a Paquito Ocaño y Sergio Galleguillo, mientras que la madrugada llegará con la entrega de la premiación artística y los shows de Damián Córdoba y el cierre a puro cuarteto y fiesta con LBC junto a Euge Quevedo, en una noche que promete intensidad, diversidad musical y celebración hasta las últimas horas.
El festival ya mira hacia adelante: confirmada la fecha de la edición 61
Como parte del cierre oficial de la 60ª edición, la organización del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María confirmó las fechas del próximo encuentro, una noticia que fue recibida con entusiasmo por el público presente y rápidamente replicada en redes y medios especializados.
La edición número 61 del festival se desarrollará del 8 al 17 de enero de 2027, dando continuidad a una tradición que ya forma parte del calendario cultural del país y del verano argentino. Será, nuevamente, el Festival Nacional e Internacional Nocturno de la Doma y el Folklore, con diez noches de música, jineteada y encuentro popular en el Anfiteatro José Hernández.
Desde Jesús María, y tras un aniversario histórico que celebró seis décadas de vigencia ininterrumpida, la confirmación de la próxima edición funcionó como un mensaje claro: el festival no se detiene. Por el contrario, se proyecta hacia el futuro con la misma convicción que lo sostuvo desde sus orígenes.
Con el recuerdo todavía fresco de una edición cargada de emoción, convocatoria y momentos memorables, la invitación quedó formalmente abierta. Jesús María volverá a encenderse del 8 al 17 de enero de 2027, para escribir un nuevo capítulo de una historia que sigue creciendo, año tras año, en el corazón de la cultura popular argentina.