El Rugido del Monte en la Piel del Festival

Hay noches donde el Festival de Jesús María no solo se escucha, sino que se respira. La tercer noche (4ta jornada) de esta edición aniversario no buscó el estruendo de los récords de taquilla, sino algo mucho más difícil de conseguir: la comunión absoluta. Bajo un cielo de un negro profundo, tras una tarde donde el sol cordobés castigó con una caricia de fuego, el Anfiteatro José Hernández se transformó en un patio de tierra gigante donde el folklore de raíz recuperó su trono.
Dos nuevos líderes tras una jornada clave en el campo
La actividad de jineteada del domingo no solo se destacó por su extensión y nivel, sino también por los movimientos que provocó en las tablas generales. Fue la tarde con mayor cantidad de montas en lo que va del festival y, una vez conocidos los puntajes, el balance dejó cambios significativos en dos de las tres categorías principales, reconfigurando el mapa de candidatos rumbo a las jornadas decisivas.
En Gurupa Sureña, la atención se centró en la actuación de Dante Bonetto. El jinete puntano logró una monta sólida que le permitió sumar lo necesario para saltar a lo más alto del acumulado. Su rendimiento fue suficiente para desplazar al hasta entonces líder, Aron Tort, quien no logró completar su presentación. Con este resultado, Bonetto —que ya había sido protagonista en ediciones recientes— pasó a comandar la categoría con una ventaja mínima sobre el brasileño Giovane De Mello, en una definición que promete mantenerse abierta hasta el final.
También hubo novedades en Crina Limpia, donde Ulises Daporta aprovechó una jornada irregular de quienes lo precedían en la tabla. El entrerriano, que había comenzado el día fuera del podio, capitalizó la falta de puntos de los tres primeros y se convirtió en el nuevo líder del acumulado. Su regularidad fue clave para escalar posiciones en una categoría que se muestra particularmente pareja y cambiante.
En contraste, Bastos con Encimera mantuvo a su referente en la cima. Emiliano Molina continúa liderando la tabla general, aunque la diferencia que lo separa de sus perseguidores se redujo considerablemente. Benjamín Costa recortó casi tres puntos y quedó a una distancia mínima, lo que agrega tensión a una categoría que hasta ahora parecía más definida.
Acumulados tras la tercera jornada de jineteada
Crina Limpia
- Ulises Daporta (Entre Ríos): 31.99
- Agustín Miraballes (Uruguay): 26.33
- Axel Sandovares (San Juan): 25.00
- Roberto Marelli (Santa Fe): 24.32
- Facundo Agüero (La Rioja): 21.66
Gurupa Sureña
- Dante Bonetto (San Luis): 28.99
- Giovane De Mello (Brasil): 28.65
- Mauro Cejas (Salta): 28.00
- Carlos Benia Miranda (Uruguay): 26.99
- Javier Díaz (Buenos Aires): 26.32
Bastos con Encimera
- Emiliano Molina (Neuquén): 32.66
- Benjamín Costa (San Juan): 31.00
- Alejandro Cruz Ramos (La Pampa): 28.00
- Jonatan Ojeda (Mendoza): 27.98
- Franco Fontanería (Chaco): 26.99
El calor que forja el temple
Desde las primeras horas, el ambiente cerca del recinto se sentía pesado, a pesar de que el calor alcanzaba niveles que ponían a prueba la tenacidad de cualquiera, los asistentes permanecieron impasibles. Entre sorbos de mate amargo para sobrellevar el agobio y protegidos por sus sombreros, los presentes se desplazaban con esa calma típica de los domingos. No existían las prisas, pues en Jesús María el reloj no dicta la pauta; la jornada se cuenta a través de las vueltas de honor, no por el paso de las manecillas.
En el terreno de juego, el certamen “Color y Coraje” ofreció escenas de una de una magnitud absoluta.
Cada monta se transformó en un enfrentamiento espiritual, una coreografía marcada por la tierra y el esfuerzo que la tribuna ovacionó con fervor, entendiendo que es ahí mismo, sobre el suelo, donde se forja el legado auténtico del encuentro.
La frescura de Campedrinos y el huracán uruguayo

La apertura musical tuvo el vigor de la juventud. Campedrinos subieron al escenario Martín Fierro con la responsabilidad de encender el aire festivo. Su frescura es contagiosa; ver a las tribunas corear sus temas fue la prueba de que el folklore tiene relevo. La emoción en los rostros del dúo al recibir el reconocimiento del festival fue genuina: ojos humedecidos y gargantas apretadas que agradecieron el lugar de privilegio en la grilla.

Pero si hubo un momento que rompió los moldes, fue el debut de Lucas Sugo. El uruguayo no vino a cumplir, vino a conquistar. Con una sensibilidad que desarmó hasta a los más tradicionales, Sugo tendió un puente invisible sobre el Río de la Plata. Cuando sonaron los primeros acordes de su cumbia romántica, matizada con la cadencia del candombe, el anfiteatro se volvió un solo baile. «Gracias, Argentina, por hacerme sentir en casa», soltó con la voz quebrada, mientras las pantallas reflejaban un mar de manos en alto. Fue, sin dudas, el bautismo de fuego de un nuevo ídolo popular en estas tierras.
El ritual sagrado de los quinientos caballos
Cerca de las 22:00, el festival se detuvo para su rito más sagrado: las tropillas entabladas. Ver a más de quinientos caballos galopar en libertad, buscando su campana, es un espectáculo que eriza la piel. La Banda Militar ejecutó la Marcha de San Lorenzo con una solemnidad que detuvo el pulso del predio. En ese instante, entre el Himno Nacional y el relincho de los animales, Jesús María fue más patria que nunca. Es un momento donde la identidad se siente en el pecho, un orgullo que trasciende la música.
La mística del Norte: Piko Frank y Lázaro Caballero

Pasada la medianoche, el monte chaqueño se mudó al escenario. Piko Frank trajo consigo el aroma a tierra seca y la potencia de una voz que parece brotar de las profundidades del Impenetrable. El momento más tierno ocurrió cuando un pequeño invitado subió a cantar con él; la ovación fue un abrazo colectivo a la herencia que no muere.

Pero el clímax de la «raíz encendida» llegó con Lázaro Caballero. El formoseño es hoy el dueño de la fiesta. Con el premio «Latido de la Noche» bajo el brazo, Lázaro desató un vendaval de chacareras y chamamés. El campo de doma se llenó de parejas; el polvo se levantó bajo las botas de los bailarines creando una neblina mística. El cierre, junto a Christian Herrera, fue el punto más alto de la noche: dos titanes del norte compartiendo canciones que hablan de caminos largos y montes cerrados.
Reflexión, compromiso y el baile final

Christian Herrera no solo trajo música, sino también un mensaje necesario. Su set, cargado de una profundidad casi religiosa, incluyó a niños en escena, simbolizando la siembra de nuestra cultura. Antes de despedirse, Herrera compartió unas palabras de reflexión social que fueron recibidas con un silencio respetuoso, demostrando que el artista también es la voz de su pueblo.
Magui Olave trajo el calor del cuarteto cordobés.

Con un carisma arrollador, la «voz femenina del cuarteto» transformó el cansancio en alegría, logrando que nadie se moviera de su lugar hasta que la última nota se perdió en el aire de Jesús María.
La cuarta noche no fue una fecha más. Fue la confirmación de que, tras sesenta años, el festival sigue siendo el faro de nuestra identidad. No hubo efectos especiales que superaran la emoción de una copla bien cantada o el respeto por un jinete valiente. Jesús María 2026 sigue latiendo, y su corazón suena a folklore puro.