Por más de medio siglo, el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María ha sido mucho más que un evento artístico: es un ritual colectivo, un punto de encuentro donde la tradición dialoga con el presente y donde miles de personas se reconocen parte de una misma identidad. En este 2026, cuando el festival celebra sus 60 años de vida, esa dimensión simbólica se volvió aún más palpable desde el primer instante. La noche inaugural, postergada por las inclemencias del tiempo, terminó convirtiéndose en una celebración intensa, emotiva y profundamente popular, atravesada por el folklore, el cuarteto y la cumbia, pero también por la memoria, el reconocimiento y la promesa de futuro.La expectativa era enorme. No sólo porque se trataba del arranque de una edición redonda, cargada de historia y significado, sino también porque la cancelación de la noche previa había dejado en suspenso un clima de ansiedad difícil de contener. Finalmente, el viernes 9, el Anfiteatro José Hernández volvió a abrir sus puertas y a llenarse de vida. Desde temprano, una marea humana comenzó a ocupar tribunas, plateas y pasillos, como si nadie quisiera perderse ni un segundo de ese comienzo tan esperado. Hasta las 23, más de 23 mil personas ya habían pasado por el predio, y con el correr de las horas la cifra trepó hasta rozar las 26 mil, confirmando que, pese a las dificultades, el vínculo entre Jesús María y su público sigue intacto. Un inicio cargado de símbolosLa puntualidad marcó el tono de la noche.
A las 21 en punto, las luces del anfiteatro se atenuaron y comenzó el acto oficial que dio inicio formal a la 60ª edición del festival. Fue un momento solemne y profundamente emotivo, pensado para honrar la historia y reafirmar los valores que sostienen al evento desde sus orígenes.
Los abanderados ingresaron al campo acompañando las imágenes de la Virgen de Luján y del Cura Brochero, figuras que condensan la espiritualidad y la tradición popular argentina.
El silencio respetuoso del público contrastaba con la magnitud de la escena: miles de personas compartiendo un mismo gesto de recogimiento antes de entregarse a la fiesta.
La bendición estuvo a cargo del cura párroco Mario Sánchez, quien, con palabras sencillas pero sentidas, pidió por una edición en paz, por el trabajo de quienes hacen posible el festival y por el disfrute de todos los presentes.
Acto seguido, la voz inconfundible de Néstor Ramello volvió a resonar en el anfiteatro con su arenga tradicional.
El clásico “¡Buenas noches, Patria!” no fue sólo una fórmula repetida: sonó como una declaración de principios, un recordatorio de que Jesús María es, ante todo, un espacio de encuentro federal.
El segmento institucional incluyó un video que recorrió la historia del festival, desde sus primeras ediciones hasta la actualidad. Imágenes en blanco y negro, recuerdos de artistas consagrados, escenas de jineteadas memorables y fragmentos de un público que fue cambiando con el tiempo se sucedieron en pantalla, provocando aplausos espontáneos y alguna que otra lágrima entre los más veteranos.
El pasado y el presente se entrelazaron en un mismo relato, preparando el terreno para lo que vendría.
El espectáculo inaugural: tradición y puesta en escenaTras el video, el escenario se transformó en una explosión de movimiento y color con la llegada del espectáculo “Bien Argentino”.
Un cuerpo de bailarines desplegó coreografías que fusionaron danzas tradicionales con una puesta contemporánea, pensada para un anfiteatro colmado.
La escena se expandió más allá del escenario principal: la agrupación Phaway, especializada en arte en altura, sorprendió al público con una intervención aérea realizada desde una grúa que los elevó en medio del predio.
La sensación de tridimensionalidad, de espectáculo envolvente, reforzó la idea de que esta edición aniversario buscó redoblar la apuesta estética.En el campo de doma, los bailarines interpretaron “Jesús María cantará”, acompañados por las voces de Destino San Javier. Fue uno de esos momentos en los que la música parece condensar el espíritu de un lugar. La canción, ya convertida en un himno informal del festival, sonó poderosa y emotiva, amplificada por un coro espontáneo que se multiplicó entre el público.
La conexión entre artistas y espectadores se volvió inmediata, casi tangible.
El Himno y la emoción compartida

Uno de los instantes más significativos de la noche llegó con la interpretación del Himno Nacional Argentino. Jairo, quien había debido cancelar su presentación del día anterior, fue el encargado de ponerle voz a ese momento. Su versión, sobria y sentida, fue acompañada por miles de personas de pie, muchas con la mano en el pecho, otras filmando con sus celulares, todas conscientes de estar participando de un ritual colectivo.
En el marco de un festival que nació con fines solidarios y que a lo largo de seis décadas supo reinventarse sin perder su esencia, el Himno adquirió un peso especial, como si resumiera el sentido profundo de la celebración.
Los primeros acordes: folklore que se abre al cruce de géneros

Concluido el acto protocolar, llegó el turno de los artistas. Tras unas breves palabras del presidente de la comisión organizadora, Juan López, el primero en subir al escenario fue Lautaro Rojas. El salteño propuso un recorrido que comenzó anclado en las formas más clásicas del folklore, con zambas y chacareras que invitaron al aplauso cadencioso y al zapateo imaginario.
Su voz, firme y clara, encontró rápidamente eco en el público. Sin embargo, lejos de quedarse en una propuesta conservadora, Rojas sorprendió hacia el final de su set con una versión cuartetera de “Adicto a ti”. El giro estilístico funcionó como un guiño cómplice hacia un público heterogéneo, acostumbrado en los últimos años a ver cómo Jesús María amplía sus fronteras musicales sin renunciar a su identidad. La respuesta fue inmediata: palmas, baile y una energía que empezó a contagiar todo el anfiteatro.Esa línea de cruce entre tradición y ritmo popular continuó con la presentación de Los 4 de Córdoba.
El histórico conjunto, emblema del folklore provincial, ofreció un show que combinó sus canciones más representativas con un pulso cuartetero marcado. La participación de figuras como el Negro Videla y el Toro Quevedo sumó potencia a una propuesta que se sintió como una verdadera celebración intergeneracional. La postal fue elocuente: padres, hijos y abuelos compartiendo un mismo baile, sin importar etiquetas ni géneros.
En uno de los momentos más festivos de la noche, los clásicos “trencitos” se armaron tanto frente al escenario como en las tribunas. La música desbordó el espacio físico y se convirtió en un fenómeno colectivo, donde el cuerpo fue protagonista tanto como el sonido. En ese contexto, hubo también lugar para el reconocimiento: Víctor Hugo Godoy, Américo “Meco” Albornoz, Héctor “Choya” Pacheco y Lionel Pacheco recibieron una distinción especial por su aporte a la historia del festival.
El aplauso fue largo y sentido, una manera de agradecer a quienes ayudaron a construir el camino que hoy transitan nuevas generaciones.
La tradición en el centro de la escena:

Comenzó el Mundial de la Jineteada Mientras el escenario principal vibraba con música y celebración, en el corazón histórico del festival —el campo de doma— comenzó a escribirse otro capítulo fundamental de esta 60ª edición: el Campeonato Internacional de Jineteada, uno de los ejes identitarios que dan sentido al Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María.
El inicio del llamado “Mundial de la Jineteada” estuvo rodeado de desafíos climáticos. Las intensas precipitaciones del jueves, que dejaron un registro cercano a los 110 milímetros, y el fuerte chaparrón que cayó durante la tarde del viernes pusieron a prueba el trabajo realizado durante todo el año en el campo. Sin embargo, la preparación y el esfuerzo del equipo técnico permitieron que las montas se desarrollaran con total normalidad, garantizando condiciones óptimas tanto para los animales como para los jinetes. Lejos de amedrentarse por el contexto, los protagonistas demostraron por qué Jesús María es considerada la catedral de la jineteada. Desde las primeras montas, la destreza, el coraje y la técnica de los jinetes despertaron las primeras grandes ovaciones de un Anfiteatro José Hernández colmado, que acompañó cada desafío con atención y respeto. El silencio expectante antes de cada salida y el estallido de aplausos tras las campanas volvieron a marcar ese ritual único que distingue a este festival de cualquier otro.En esta primera jornada del campeonato, las actuaciones más destacadas se repartieron entre representantes de distintas provincias argentinas y países vecinos, reafirmando el carácter internacional de la competencia. Estas fueron las mejores montas por categoría:
Crina Limpia1
Alex Da Silva Pereyra (Brasil): 12.002.
Matías Morales (Jujuy): 11.663.
Facundo Gauna (Chaco): 11.004.
Mauro Fazi (Córdoba): 10.665.
Ulises Daporta (Entre Ríos): 10.33
Bastos con Encimera1.
Benjamín Costa (San Juan): 13.002.
Emiliano Molina (Neuquén): 12.333.
Ramón Córdoba (Paraguay): 11.994. Alejandro Cruz Ramos (La Pampa): 11.005 Gustavo Silva Romero (Brasil): 9.66
Gurupa Sureña1.
Joaquín Zabala (La Rioja): 13.002.
Hugo Gallegos (Entre Ríos): 12.003.
Aron Tort (Capital Federal): 11.334. Dante Bonetto (San Luis): 11.005.
Néstor Ojeda (Corrientes): 10.00
Además, en lo que respecta al campeonato paralelo “Jinete del Festival”, que distingue la regularidad y el desempeño a lo largo de las noches, la primera jornada dejó un dato particular: la única monta que logró sumar puntos fue la de Brian Gómez, en una noche exigente donde los detalles marcaron la diferencia.Así, entre aplausos, campanas y la tensión propia de cada monta, la jineteada volvió a ocupar su lugar central en Jesús María. En una edición atravesada por la celebración de sus 60 años, el arranque del campeonato confirmó que, más allá de la música y los grandes espectáculos, la doma sigue siendo el corazón simbólico del festival, el espacio donde tradición, esfuerzo y cultura gaucha se manifiestan con mayor fuerza.
Los herederos del canto: El folklore romántico toma la posta

La noche avanzaba y el frío empezaba a sentirse, pero el clima en el anfiteatro seguía en alza. Fue entonces cuando llegó el turno de Franco Favini, Bruno Ragone y Paolo Ragone, quienes, con el legado del histórico Trío San Javier en la piel, se presentaron como “los hombres del festival”. La frase, tomada de una de las canciones emblemáticas del grupo original, funcionó como una declaración de continuidad y pertenencia.
El repertorio incluyó canciones históricas del trío y composiciones que forman parte del cancionero afectivo de varias generaciones.
El folklore romántico se adueñó del escenario, aportando un clima más intimista, sin perder por eso la conexión con el público. Los tres cantantes se mostraron cercanos, atentos a las reacciones de la gente, y en más de una oportunidad se acercaron a las vallas para saludar a sus fans. Ese gesto de cercanía reforzó la idea de un festival que, aun en su magnitud, sigue valorando el contacto directo entre artistas y espectadores. Reconocimientos que cuentan historias.
Antes de que la noche diera un nuevo giro musical, hubo un momento especialmente significativo: Nico Membriani recibió el tradicional “Latido de la Noche” por sus 20 años de presencia en Jesús María. El reconocimiento no fue meramente simbólico. Los locutores recordaron su histórico viaje a caballo desde Buenos Aires hasta Córdoba, una travesía que ya forma parte del anecdotario del festival, y destacaron su rol como voz de las payadas en las jineteadas. El aplauso fue unánime, como suele suceder cuando se homenajea a quienes, desde un lugar quizás menos visible que el escenario principal, sostienen el espíritu del evento.
La cumbia como ritual colectivo

Pasada la medianoche, con el reloj apurando tanto las jineteadas como las presentaciones artísticas, llegó uno de los momentos más esperados: la salida a escena de Los Palmeras. La expectativa no era menor. El año anterior, su paso por Jesús María había estado marcado por la reciente salida de Rubén “Cacho” Deicas, y la respuesta del público ante la nueva etapa del grupo era una incógnita. Esta vez, esa incertidumbre quedó rápidamente despejada.
Desde los primeros acordes, la banda dejó en claro que atraviesa un gran presente. Con su inconfundible cumbia santafesina, lograron que el anfiteatro completo se pusiera a bailar. La lista de temas, que superó los veinte clásicos, funcionó como un viaje por más de cinco décadas de trayectoria. Canción tras canción, el público respondió con entusiasmo, coreando letras que ya forman parte del ADN popular argentino.
Al frente, Pablo López se mostró sólido, carismático y seguro. Su desempeño confirmó que la transición está definitivamente consolidada.
Hubo también un reconocimiento especial por los 53 años de carrera de la banda y por su participación en una edición tan significativa del festival. El gesto fue recibido con emoción, tanto por los músicos como por el público, que entendió ese momento como un puente entre historias: la de un grupo emblemático y la de un festival que celebra seis décadas.
El cuarteto como cierre implacable

Con las brasas encendidas y el ánimo en lo más alto, el cierre quedó en manos de Q’ Lokura. El dúo, integrado por Nico Sattler y el Chino Herrera, fue el encargado de rematar una noche que ya se perfilaba como inolvidable. Su show, caracterizado por una energía arrolladora, no dio respiro. La lista de temas incluyó los éxitos de cuarteto del momento, esos que suenan en cada fiesta y que encuentran en Jesús María un escenario amplificado.
La respuesta del público fue inmediata y masiva. Saltos, baile, celulares en alto y un coro constante acompañaron cada canción. Cuando las luces comenzaron a encenderse y el show llegaba a su fin, la postal era contundente: una multitud feliz, cansada pero sonriente, consciente de haber sido parte de algo especial.
Un cierre extendido al ritmo del DJ

Cuando parecía que la primera noche ya había entregado todos sus momentos memorables, el festival se permitió un epílogo inesperado y contundente. Tras el show arrollador de Q’ Lokura, y cuando buena parte del público comenzaba a retirarse lentamente del Anfiteatro José Hernández, la música volvió a tomar protagonismo con un formato distinto pero igual de convocante: el DJ Fer Palacio fue el encargado de ponerle el broche final a una jornada extensa y vibrante.Con su característico estilo festivo y una selección musical pensada para no dejar caer la energía, Fer Palacio transformó el cierre en una verdadera pista de baile a cielo abierto. Clásicos del pop latino, remixes actuales y hits bailables se mezclaron en un set dinámico que mantuvo al público en movimiento hasta los últimos minutos de la noche. Lejos de ser un simple complemento, su participación funcionó como una prolongación natural del clima de celebración que había dominado toda la jornada.La presencia del DJ también volvió a poner de manifiesto la amplitud de miradas con la que el festival encara esta edición aniversario. Sin perder de vista su raíz folklórica, Jesús María volvió a mostrar que puede dialogar con las nuevas formas de consumo musical y sumar propuestas que interpelen a públicos diversos, especialmente a los más jóvenes, que encontraron en ese cierre una invitación a seguir celebrando.Así, con un anfiteatro que lentamente se fue vaciando pero con un ánimo intacto, la primera noche del Festival Nacional de Doma y Folklore 2026 terminó de consolidarse como una apertura a la altura de su historia. Desde la solemnidad del acto inaugural hasta el último beat del DJ set, Jesús María dejó en claro que su 60ª edición no sólo mira al pasado con orgullo, sino que también se anima a pensar el futuro desde la diversidad, la música y la fiesta popular.
Más que una noche:
El inicio de una edición históricaLa primera jornada de la 60ª edición del Festival Nacional de Doma y Folklore no fue sólo una sucesión de shows exitosos. Fue, sobre todo, una reafirmación del sentido profundo de Jesús María como espacio de encuentro y celebración popular. El folklore, el cuarteto y la cumbia convivieron sin tensiones, demostrando que la identidad cultural no es un concepto estático, sino un organismo vivo que se nutre de cruces y transformaciones.En un contexto marcado por la incertidumbre climática y los desafíos logísticos, el festival volvió a demostrar su capacidad de resiliencia. La cancelación de la noche previa, lejos de opacar el ánimo, pareció reforzar las ganas de celebrar. El público respondió con una presencia masiva, los artistas entregaron shows a la altura de la ocasión y la organización logró sostener un ritmo intenso durante más de seis horas de programación.
Jesús María volvió a latir fuerte. Y ese latido, que se sintió en cada aplauso, en cada baile improvisado y en cada canción coreada a voz en cuello, marcó el comienzo de una edición histórica. La primera noche dejó en claro que los 60 años no son un punto de llegada, sino una plataforma desde la cual proyectar el futuro. Un futuro que, como quedó demostrado, seguirá encontrando en este festival un lugar donde la tradición se celebra, se discute y se reinventa, siempre de cara al pueblo.
